Güeyos que nortien, deos que escribayen

Última

Historias corticas IV: Pensamientos masculinos.

Allí me encontraba yo tarareando tranquilamente, esa canción que me rondaba aquellos días por la cabeza, pero que no conseguía identificar: “tuuu tu ruru ruu… mmm… yu wachuuu nooouu… mierda, esto sería más fácil si supiera inglés…” me lamentaba levemente. Mi estado de ánimo estaba en aquellos momentos en un punto bastante álgido, y si no, simplemente con un suave giro de mi cabeza hacía mi lado izquierdo, me permitiría volver a subir mi siempre cuidado ego unos puntos más.

Morena, ojos color miel y curvas de infarto recorridas una y otra vez mediante el tacto de mis dedos y de mis labios, cuidándome de regodearme cada vez que descubría (o redescubría) un nuevo centímetro cuadrado de piel. Con este pensamiento centrando mi sinapsis cerebral, solo podía hacer una cosa: volver a mirarla. Ahí seguía, evidentemente, respirando lenta y cadenciosamente, o lo que es lo mismo, moviendo sus pechos hacia arriba y hacia abajo, dejándome gentilmente ver una vez más sus atractivos pezones que siempre, sin ninguna opción a la excepción, me apetecía besar.

Pero no lo haré ahora” pensé, “la dejaré dormir un rato más”. Allí sentado en aquella, antes desconocida cama me hallaba tranquilamente feliz, hasta que se me ocurrió quizás la peor idea que podía tener, ponerme a pensar:

Veamos, son ya… 2, 3… 15… vale, son ya 3 meses y 21 días con ella, o bueno… viéndonos asiduamente, ya que en teoría, nunca hemos hablado de ningún compromiso… aunque… vamos, tampoco voy a engañarme, ¡anda si no conoceré yo a las mujeres! Ayyy, animalillos, si es que, así pensado, ¡que no sabré yo!”

Así ahora recordando, recuerdo aquella chica… si, como se llamaba… bueno no me acuerdo, mi primer amor diría yo, que tiempos aquellos, yo tan joven y ella tan guapa. Aquella vez que hablé con ella 10 minutos y bueno, pasar, así recordando, no pasó nada, pero cielos, que se veía que allí había algo que no nos decíamos, porque a ellas les gusta la sutileza, pero muy ciego había que estar para no verlo, si es que estaba al caer. Raro fue eso sí, cuando se lió con aquel tipo a menos de 2 metros de mí…”

Aún así, ¿a quién no le han pasado estas cosas en la juventud? Un día una, otro día otra, si es que, así por ejemplo, aquella rubia a la que seduje tan hábilmente en aquella fiesta de… universidad creo. La verdad que nunca entendí por qué desagradaba tanto a mis colegas, quizás deba admitir que no era la chica más guapa, y desde luego, no la más serena etílicamente. Aún así, aquella fue la noche de mi estreno en las artes amatorias y tampoco fue tan mal, no tanto con el primer condón con el que casi me ahorco (aún no entiendo como) ni con el segundo, el cual me intenté colocar al revés (tampoco entiendo como) pero bueno, ¿a quién no se le ha puesto tonto un preservativo en un estado levemente alcohólico y altamente nervioso? De hecho, aunque nunca la volví a ver puesto que nunca se dignó a devolverme las llamadas, yo creo que para ser mi primera vez, fue suficientemente satisfactoria para ambos… creo.”

Alcé mi mirada hacia la lámpara del techo, aquella pequeña habitación estaba coronada por una lámpara de color azul en forma de cono en cuyo interior se alojaba la bombilla. Si bien estaban todas las luces apagadas, desde la ventana de mi derecha entraban por las rendijas de la persiana los rayos del sol que hacía rato que se encontraba irradiando su calor a la ciudad que se encontraba fuera. Recorriendo con mis ojos la estancia, nada en especial: un pequeño espejo en la pared de enfrente con un tocador donde había mil y una cosas que no entendía para que servían y varios miles de complementos, algunos que tampoco podía yo imaginar donde podrían ir colocados.”

El suelo estaba decorado con nuestras ropas haciendo de alfombras, ya que la llegada a casa había sido, como decirlo: pasional. Al lado del tocador un armario con cajas en su parte superior y a mi lado una pequeña estantería de, aproximadamente un metro de altura, totalmente de plástico azul, haciendo juego con la lámpara, pero en total contraste con el resto de muebles de color marrón pálido, aunque seguía la tónica de la escasez en la calidad de los materiales. “Bueno” pensaba “tampoco está tan mal, podría pasarme unos días por aquí” analizaba. Me escurrí un poco entre las sábanas de color blanco ya amarillento por los indefinidos lavados por los que habrían pasado… o eso esperaba yo.

Sentí que ella se movía y me rozaba la pierna para volver a apartarla rápidamente, evalué si ya estaba despierta, pero no obtuve respuesta satisfactoria, ya que más que en brazos de Morfeo, parecía raptada por él, dormía totalmente como un tronco. Se me ocurrió la idea de despertarla con unas caricias por su espalda, aunque luego al replanteármelo empecé desde su nalga derecha. Pasé delicadamente mis manos desde la parte derecha de sus posaderas, y después de unos segundos, subí mis dedos siguiendo el camino que me mostraba su columna para acabar en su nuca, su respuesta no se hizo esperar: emitió un pequeño ronquido.

Repasando la situación: me empezaba a aburrir y la idea del sexo mañanero golpeaba fuertemente mis sentidos, pero necesitaba la colaboración de una bella durmiente que no parecía tener los mismos anhelos que yo. Así que, dada la situación que se me presentaba adversa, cambié mis deseos carnales por la abstracción mental de mis recuerdos de las interacciones vividas con los miembros del sexo opuesto, llegando así a mi segundo error de la mañana y en menos de 5 minutos.

Veamos, quien más está, ah ¡como me iba a olvidar de ella! De hecho, el recuerdo no es especialmente bueno, he de reconocerme, que también he tenido mis fallos. Aun así ¿bajo los efectos de que extraña conjunción de licores estaría yo para que una persona cambiara tanto de la noche a la mañana? ¿realmente es posible que el maquillaje cambie tanto a las personas? ¿cómo coño podía ser tan guapa por la noche y tan fea por la mañana? Gracias al cielo de que no me ha pasado ninguna vez más… bueno, si me ha pasado, dos… quizás tres… bueno, dejémoslo en cinco para no quedarnos cortos. Lo que es extraño, es no saber por cuál misteriosa razón nunca me ha pasado al revés…”

Pero bueno, ahora está ella, y la tengo aquí al lado, en una cama calentita. Aunque más calentita y húmeda (sobre todo esto) estaba ayer por la noche. ¡Cielos, que noche! Llegamos a su casa completamente borrachos (otra vez) y ya en el ascensor empezaba a volar los botones de nuestras ropas, cuando llegamos al cuarto, su piso, podía besar ya su canalillo y la parte superior de sus pechos ya liberados de la camisa que los protegía. Las puertas del ascensor se abrieron y salimos besándonos en dirección a su puerta, mientras ella rebuscaba sus llaves entre la ingente cantidad de cosas que tenía en el minúsculo bolso yo la acariciaba desde atrás, rozando con mis manos sus pechos, metiendo mi mano por debajo del sostén, levantándoselo y dejando sus senos al aire para poder acariciar sus pezones. Me apoyaba fuertemente contra sus culo para que sintiera mi… excitación y yo podía sentir sus gemidos. La entrada a su casa básicamente desató el huracán que se había estado gestando en el descansillo de su puerta: La ropa arrancada a tirones a suelo y una sinfonía de mordiscos, jadeos, besos, gemidos que llenaban la habitación, nuestros cuerpos juntos, sintiéndonos cálidos, sudorosos, húmedos y excitados en cada momento hasta que el clímax llega a su máximo exponente y después de esa fracción de segundo en la que perdemos la conciencia, nos caemos uno sobre el otro en la cama derrotados por el cansancio.”

Y así durmiendo hasta ahorita, el domingo perfecto para un fin de semana perfecto. Realmente, hay que reconocer que no se está mal saliendo con ella ¡anda! ¡si incluso yo mismo lo digo ya!”

- Ooaaaahhh – bostezaba ella – buenos díaaas – conseguía decir mientras estiraba su cuerpo desnudo.

- Buenos días, cariño – dije sonriendo a la vez que me abalanzaba sobre ella para darle un beso en sus labios.

Aquí reconozco que empezaron a fallar las cosas, ya que al acercarme a ella, empezó a alejarse mientras me miraba con una cara ciertamente extraña, mitad de asombro, mitad de algo que yo reconocí como miedo.

- ¿Cariño? – preguntó sin cambiar su expresión.

- Si, ¿qué pasa? las parejas suelen decirse cosas bonitas, al despertar también – respondí decididamente

- Cierto, pero… tu y yo… quiero decir… tu y yo ¿desde cuándo estamos saliendo? – preguntaba ahora ya con otra expresión, esta mediaba entre la extrañeza anterior y ciertos toques de mala leche.

- Anda, ¿qué me vas a decir que no quieres?, que se te nota en la mirada que vives enamorada tontona – le toqué con mi índice la nariz, riéndome yo solo de mi altamente absurdo chiste – que a ver – comencé a explicar – soy el primero en reconocer que al principio no quería pero bueno, una vez ya pensado fríamente, pues que te puedo hacer ese favor –y sonreí.

- ¿Ese favor? Ya… – desvió su mirada un momento, y en esas décimas de milisegundo en mi mente me vino una imagen en la que yo me encontraba en una sala, solo tapado con mis bóxer, todo oscuro alrededor menos mi silueta y un tremendo bidón con hectolitros de mierda cayendo sobre mí. Creo que esta fue la metáfora que mi mente envió para mostrarme la gran cagada que acababa de cometer – pues me vas a hacer otro favor, y te vas a cerrar la puerta por fuera, y casi que no la vuelvas a intentar abrir…

- Upss…

Epílogo.

Supongo que no creeríais que me iba a ir sin guerrear, valientemente, y justo en el momento en el que cerraba la puerta de la calle dije con voz clara: “que sepas que me voy, pero porque yo quiero y sé que lo nuestro no funcionaria”.

Sé que me oyó, entre otras cosas, porque todavía dio tiempo a que se oyera un “imbécil” mientras la puerta golpeaba con su marco.

Memorias de un gigoló: capítulo 20

Tres no son siempre multitud (II)

Cuando ya tuve mi cuerpo libre, me levante apoyando en mis rodillas, las miradas lascivas de mis compañeras me animaban aún más a seguir aquella fiesta en público que teníamos montada. Me coloqué detrás de la más cercana y la obligué cariñosamente a que se apoyara en el suelo sobre sus brazos y rodillas. Cuando ella estaba ya situada en esta posición me acerqué, besé su nalga derecha y acaricié su sexo por el que fluia caliente líquido. Me situé en posición para penetrarla y rápidamente lo hice con fuerza, sintiendo como me deslizaba dentro de ella gracias a la abundante lubricación de su interior, coloqué mis manos a los lados de su cadera y la sujeté con mis manos firmemente para moverla a mi antojo, modificando el ritmo y albergando en mi el poder del dominio completo de la acción.

Debido a la dinámica que se imponía en aquella perniciosa habitación, era una imagen muy simple y casta la que produciamos mi compañera y yo, probablemente por ello nuestra restante acompañante se colocó delante de nosotros, y con sus manos acercó la cabeza, y con ello la boca de su amiga, haciendo entonces una cadena de cuerpos más acorde a todo nuestro ambiente. Mientras yo seguía desde mi posición aumentando la velocidad y fuerza de mis insistentes y reiteradas embestidas contra el femenino cuerpo que tenía a mi total disposicón podía observar como ella utilizaba su lengua y dos de sus dedos en satisfacer con creces a su amiga.

Mi compañera modificó su posición levantándose del cuerpo de nuestra compañera y irguiéndose y apoyando su espalda sobre mi pecho, me desplacé levemente hacía abajo para seguir en su interior mientras mis manos cambiaban desde su cadera a sus pechos, así seguimos hasta que de nuevo sentí su orgasmo, reposó un segundo apoyada en mi cuerpo y se levantó de nuevo haciéndome salir de ella.

Al moverse de encima quedó a mi vista mi otra amiga recostada en la cama, avancé gateando hasta ella y me situé encima. Ella aguardó mis movimientos mientras me miraba juguetonamente, situe mi fálico apendice en la abertura a su interior y empujé suavemente, ella dobló sus piernas sobe mi cintura juntándome más todavía a ella, así empecé a moverme dentro de ella, manteniendome profundamente dentro de ella y sintiendo el final de su interior, momentos después empecé a moverme más rápido entrando y saliendo de ella con rápidez, levantándome sobre mis brazos logrué un mejor control y más potencia en mi labor mientras sentía como mi compañera disfrutaba ampliamente con mi labor.

Llegó un momento en el que me sorprendió una manos desconocida que bajaba por mi pecho, llegó a mi entrepierna y acariciaba la zona donde se juntaban nuestros cuerpos. Pensé primero que sería nuestra otra compañera pero al mirar vi que la tonalida de la piel era más clara, y empecé a sentir un pelo rubio que caía suavemente por mi hombro cuando empecé a sentir pequeños besos en mi homoplato, había otra invitada a la fiesta.

Las sutiles caricias obraron efecto en mi amiga que otra vez aumentó sus gemidos para luego volver a la calma al explotar su orgasmo. Me detuve, giré la cabeza y besé a mi nueva acompañante que no tuvo ningún reproche hacia mi atrevimiento.Al despegar mi cara miré a mi alrededor. La primera de mis amigas, que había perdido de vista se encontraba a nuestro lado, aumentando el número de personas que retozaban juntas en aquella orgía de cuerpos. Por otra parte, igual que había llegado mi rubia nueva amistad, llegó un oscuro hombre piel de ébano que empezaba a intimar con mi anterior amiga, así que me propuse a profundizar más la nueva adquisición en mi circulo de conocidas.

Volví a besarla pero esta vez acompañe mis labios y mi lengua con recorridos con mis manos por los recovecos de su piel, empezando suávemente por su espalda, girando mis manos por debajo de las costillas para subir tranquílamente siguiendo la curva inferior de su esternón y poniendo mis manos en sus pequeños (aunque muy bonitos como vi después) pechos. Pasé mis manos por sus pezones, me recree unos momentos y luego bajé mis manos a sus caderas, toqué su sexo comprobando su latente humedad y después cogiéndola por las nalgas la acerqué a mi para sentir todo su calor en mi piel.

Me senté en el colchón y ella se sentó entre mis piernas, sentí sus manos acariciarme debajo de mi cintura y como se me enfundaba un condón, según lo había desenrollado del todo se subió encima de mi y lentamente me introdujo dentro de ella. En esa posición nos mantuvimos durante largo rato. Sus brazos me rodeaban el cuello ayudando sus movimientos haciendo fuerza sobre mis hombros. Subió su ritmo y con mis manos la cogí por sus nalgas ayudando a aumentar todavía más nuestro ritmo. Después de la sesión que ya llevaba mi aguante estaba al límite por lo que la apreté más fuerte contra mí, sentí como sus gemidos aumentaban y me concentré en seguir el rápido movimiento hasta que al final los dos nos fundimos en un orgasmo que me dejó exhausto.

Mientras me esforzaba por conseguir aire para mis pulmones me dejé caer de espaldas en la cama, allí cerré los ojos y sentía como mi acompañante se retiraba de encima de mi, recibí un beso en mi pecho, y perdí la noción del tiempo. No sé si estuve un minuto o una hora en aquella posición, aunque sinceramente, a esas alturas había pocas cosas que me preocuparan. La mezcla entre todo el alcohol ingerido y la maratoniana sesión deportiva de después hacía que no me quedaran muchas fuerzas para pensar.

Cuando abrí de nuevo los ojos miré alrededor de mi confirmando lo que mis oídos me habían comentado, que todo seguía igual, cuerpos mezclándose unos con otros sin cesar. Busqué con mi mirada a mi compañero, pero él me vio primero ya que sentí que me llamaban desde mi espalda. Me giré y lo vi besando en señal de despedida a una mujer que no dejaba de acariciarlo, cuando llegué a su altura, me recorrió con su mirada, se levantó y me dijo:

- Otro día tenemos que vernos cielo… – y se marchó.
- ¿Oye, yo no sé tu, pero creo que ha estado bien para ser un día libre… - le dije a mi colega.
- Jajajaja vale tío, yo creo que ha sido todo de puta madre y ya vale de follar por hoy. Igual era bueno marcharse para casa.
- Después de ti cariño… – Contesté finalmente.

Ahora toca volver al trabajo…

Memorias de un gigoló: capítulo 19

Tres no son siempre multitud (I).

El pequeño grupo de bisexuales de la derecha se había desplazado hacía un lado abduciendo a los dos amantes que yacían a la par de ellos. la pareja tranquila que dejó de serlo al seguir el juego que les presentaron sus vecinos. Esta vez ya ni intenté descifrar aquel revuelo de brazos piernas y demás elementos del cuerpo humano.

Al llegar al mullido suelo con mis dos compañeras, las giré para formar un triángulo y las miré a los ojos, la que estaba situada en mi lado izquierdo me miraba mientras levemente se mordía su labio inferior, apreté su cuerpo contra mi pierna cerrando leve, pero firmemente mi mano sobre su nalga. Al mirar a mi lado derecho mi otra compañera tenía un matiz diferente en su mirada, lasciva igualmente pero más tímida, más desconfiada. Desplacé mi mano por su perfil hasta llegar a su prominente seno izquierdo, lo acaricié levemente y llegué con mi caricia a su cara. Acariciando su mejilla con mi mano acerqué mis labios a los suyos y la besé suavemente en los labios, la primera vez rápida, furtivamente, la siguiente aguanté mis labios junto a los suyos un par de segundos mientras sentía como desde mi lado izquierdo otros labios surcaban mi pecho, desplazándose hasta cambiar de cuerpo junto con una mano que se desplazaba por mi estómago buscando mi entrepierna. Nuestra compañera había empezado a acariciar mi cuerpo y besar el pecho de mi compañera mientras nosotros intercambiábamos tiernos besos.

Junto con el contacto de unos labios femeninos en su aureola, mi tímida compañera entreabrió sus labios, ladee levemente mi cabeza mientras nuestra compañera succionaba el pezón y cogía mi miembro listo para todo desde hacía unos momentos. Acerqué de nuevo mis labios a mi compañera y esta vez juntamos nuestras lenguas mientras recibíamos las caricias y los besos de nuestra acompañante. Una mano se fijaba a mi tenso apéndice y empezaba a moverse en un movimiento ascendente para seguir con otro descendente. Empecé a besar más pasionalmente y busqué con mi mano el bajo vientre de la mujer que tenía a mi derecha, con mi mano libre acaricié la espalda de mi compañera al a izquierda, la cual iba subiendo sus besos del pecho a el cuello de nuestra compañera.

Mimaba con mis manos ambos cuerpos, dejé por un momento de donar mis besos e intercambié la posición de mis labios con mi compañera que subía por el cuello y ya había llegado hasta el mentón de la otra componente. Doblé mis rodillas y baje alternando mis besos entre los dos femeninos cuerpos que tenía ante mi. Me frené con mis rodillas ya apoyadas en el suelo y mordisquee suavemente suavemente los dos rasurados montes de venus que tenía ante mi mientras no paraba de acariciar ambos cuerpos con toda la longitud que me permitían mis brazos. Me levanté rápidamente y me separé de ellas en dirección a la barra. Al irme ellas me miraron extrañadas, pero solo hizo falta un guiño de mi ojo derecho para que sonrieran de nuevo y se fundieran de nuevo en besos y caricias.

Fui a la barra, cogí dos botellas de champán y volví todo lo rápido que pude a la cama esquivando los demás cuerpos que por allí había. Al llegar abrí una de las botellas y coloqué la otra en el colchón cerca de nuestra posición. Lo que pasó a continuación era tan obvio como inevitable: el champán empezó a derramarse por el cuerpo de una de ellas para luego seguir derramándose por el cuerpo de la otra y yo me dedicaba a la labor de limpiar los dos hermosos cuerpos con mi lengua, centrándome casualmente más en los cuatro pechos y dos vientres que tenía a mi disposición. Me encontraba concentrado en beber las burbujas que se había quedado en la zona del ombligo hacía el pecho de una de mis compañeras y subí para encontrar sus labios con los míos, ella giró la botella para que los dos bebiéramos a la vez y descubrimos con lástima que se había acabado, por lo tanto había que abrir la otra. Al ir a recogerla de suelo sentí unas manos que me empujaban haciéndome perder el equilibrio quedándome sentado sobre una de mis piernas sujetando con una mano la nueva botella.

No me iba a enfrentar a aquellas cuatro manos, así que les permití que me colocarán en aquel colchón, apoyado en mis codos me encontraba sentado a merced de lo que ellas quisieran hacerme. Una descorchó la botella mientras la otra se colocaba encima de mi pierna derecha y avanzaba su cuerpo para besar mi estómago. Arquee levemente la espalda debido a la sensación de sorpresa al sentir el frío líquido recorrerme el cuerpo, golpeaba mi pecho y bajara para desembocar fluyendo por mi entrepierna. Cerré los ojos dejándome llevar por la sensación que me producía el frío de la bebida junto con el calor de los besos que ya habían llegado a mis testículos y empecé a sentir como una lengua recorría la base de mi verga lentamente. Al abrir de nuevo los ojos vi como mi otra compañera tomaba un sorbo de la botella, luego se acercaba a mi boca y me pasaba el líquido que caía por las comisuras de mis labios, juntamos nuestras lenguas justo en el momento en el que sentí como otra lengua recorría mi miembro desde la base hasta mi glande, volvió a bajar para reanudar la subida esta vez quedándose a la altura del frenillo y sintiendo como unos labios se cerraban alrededor de la parte superior de mi glande.

Emití un leve suspiro mientras sentía como otros labios se ponían en camino hacia mi entrepierna recorriendo mi pecho para segundos después sentir dos lenguas peleándose por recorrer todo mi falo una y otra vez. Cuando una de ellas se apartó levemente para besar la parte interior de mis muslos sentí como una boca se cerraba atrapándome totalmente dentro de ella. La calidez y humedad que sentía alrededor de mi miembro me excitaba todavía más si es que eso era posible, sentía la lengua moverse acompasando el movimiento de la cabeza de mi recién conocida amiga, aumentaba su ritmo poco a poco haciéndome respirar más rápido, hasta que me soltó dándome un último beso en el glande, se alzó un poco y se colocó encima de mi. Sujetaba mi miembro con una mano mientras se acariciaba a sí misma y juntó nuestros dos sexos, poco a poco fue introduciéndome dentro de ella, haciéndome sentir las palpitaciones de su sexo alrededor del mío. Una vez desapareció mi miembro dentro de ella volvió a subir de nuevo lentamente, repitiendo este movimiento dos veces más hasta que bajó rápidamente y sus caderas empezaron un vaivén poderoso. Nuestra compañera se situó detrás mi amazona, colocó una de sus manos en el clítoris de la misma y acompasó el movimiento de su mano con el de nuestros cuerpos. Mi domadora rodeó con sus brazos a su compañera y se fundieron en una apasionada lucha de lenguas. En aquel momento, entrando y saliendo a gran velocidad de aquella belleza y viéndola como se fundía en un apasionado beso con otra belleza similar mi cabeza no podía pensar en nada de lo que sucedía a mi alrededor, que podía ser apoteósico, me forcé a mirar a un lado y allí había tres parejas en distintas posiciones gimiendo sin parar, al otro lado, una mujer se apoyaba sobre sus extremidades mientras desde atrás su amante la penetraba asiéndola firmemente por las caderas, golpeando sus muslos fuertemente contra las nalgas de ellas, gesto que ella para nada despreciaba exigiendo más fuerza con vehemencia.

Volví a mi propia situación donde mis dos compañeras seguían fundiéndose en caricias y besos hasta que mi amazona arqueó la espalda olvidando la boca de su amiga, soltó un profundo gemido y bajó su velocidad a la par que yo sentía las palpitaciones de su sexo sobre el mio. Mucho más lentamente movió su cadera permitiéndome sentir todos sus huecos y la parte final de su vagina al apretarse más contra mí para acto seguido levantarse dejando de nuevo mi verga en libertad. Libertad que duró poco ya que al momento mi otra compañera se puso encima de mí para introducirse mi herramienta de trabajo hasta lo más profundo de su ser. Se colocó dándome la espalda, pude ver entre sus nalgas como se situaba y sentí como entraba en su cálido y húmedo interior. Una vez todo bien colocado y lubricado, apoyó sus brazos estirados entre mis piernas desplazando su cuerpo hacía adelante para así poder subir y bajar juntando la fuerza de sus brazos y de sus piernas.

Estaba ya cansado de sujetarme con mis codos y me recosté apoyando mi espalda. Mi anterior amazona vio mi movimiento, se acercó y me besó lentamente. Volvió a erguirse y colocó sus rodillas al lado de mis hombros y apoyó una de sus manos en mis pecho. Dejándome al perfecto alcance de mi boca sus depilados labios. Aceptando la petición, primero besé todo su sexo varias veces en distintos sitios, acto seguido con mi boca capturaba y succionaba levemente sus labios desde la parte inferior intercambiando ambos lados en un movimiento ascendente, llegaba a la parte superior y olvidando conscientemente su clítoris volvía a bajar, abrí la boca simulando que la iba a morder rozando con mis dientes la abertura que tenía ante mi. Saqué mi lengua y empujé lentamente para introducirla dentro y recorrer la carne que se ocultaba a la luz. Una mano asía mi pelo obligándome a seguir mi trabajo. Subí esta vez para concentrarme en el abandonado clítoris que aguardaba hinchado, lo tomé con mis labios y lo acaricié con mi lengua, apretándolo, sintiendo el placer que proporcionaba a mi compañera. Empecé a recorrer toda la parte superior de su sexo junto con su clítoris, moviendo mi lengua lo más rápido que pude así como introduciéndola en toda su longitud una y otra vez hasta que de nuevo mi amiga emitió otro profundo gemido.

Mi mente se había enfocado en realizar bien mi trabajo con la lengua, por lo tanto se me había despistado levemente lo que sucedía en mi cadera. Levemente porque los golpes que sentía en mi cadera no podían ser obviados con facilidad. Allí esta mi otra amiga botando con frenesí sobre mi verga, entrando y saliendo a velocidad endiablada y gimiendo con potente voz. Me erguí un poco cuando mi tren superior fue libre para mover mi cadera al ritmo que se le imponía desde arriba, así estuvimos hasta que los botes y los gemidos cesaron durante unos segundos para volver con un par de sonidos más guturales espaciados a los que siguió una sonrisa de placer.

No, no, todavía no he acabado…

Memorias de un gigoló: capítulo 18

Multitud (izquierda)

El calor de aquella orgía y los gemidos que conseguían camuflar la música del local provocaban en mi cabeza una sensación más embriagadora que el alcohol. Llegaba a la parte donde se encontraba la barra con bebidas, obviamente la gran olvidada de la sala. Al acercarme cogí una cerveza que rápidamente me llevé a la nuca, intentando calmar el calor que se apoderaba de mí y no me permitía concentrarme en todo lo que tenía alrededor y confundía todos mis sentidos. Cuando el cristal ya estaba caliente, abrí el recipiente y bebí un gran trago. Sentí como el rubio líquido me bajaba por el esófago, dejándome un gusto extraño, pero me enfriaba y me permitía recobrar mis sentidos. Engullí todo el contenido casi de un trago, sin pensar ni mirar en todo lo que tenía alrededor.

Observé una puerta cerca de mi oculta por la penumbra, tiré mi botella ya vacía y cogí otras dos de la nevera para luego entrar por aquella puerta, pasando a los aseos anexos a la sala. Al mirar al frente me encontré a mi mismo reflejado en un espejo, desnudo, sin mi toalla (la cual no volvería a ver más) y con dos cervezas en mi mano.

Abrí el grifo y dejando las cervezas al lado del lavabo, con mis dos manos capturé agua y me la lancé por la cara, dejando que recorriera mi cuerpo en su camino descendente. Abrí otra cerveza, di otro trago, y volví a echarme agua. Así repetí la operación varias veces hasta que solo me quedaba media cerveza en la mano, mi corazón (y mi erección) se habían calmado y me sentía más despierto, menos perdido, y sorprendentemente, menos borracho, al mirar la botella que sostenía, me di cuenta de lo que pasaba, en la etiqueta rezaba en letras grandes: “Cerveza sin alcohol”.

Me reí estúpidamente mientras me alegraba de mi inconsciente decisión, ya que la casualidad me había permitido relajarme un poco y darme cuenta de la situación que instantes antes me había sobrepasado. Como a un inocente adolescente me había desbordado el aroma a sexo y lujuria de la habitación de al lado, ¡a mi que me dedicaba exactamente a fomentarlo! Me juré que dejaría el alcohol (promesa que siempre incumplo) y me dirigí a uno de los cubículos, abrí la puerta, entré y me dispuse a vaciar mi vejiga.

Justo acababa cuando escuché la puerta de los aseos cerrarse y unos rápidos pasos corrían cerrando las puertas de todos los excusados, menos la mía, que obviamente estaba ya cerrada. Me giraba e iba a salir cuando, a la vez que la puerta del compartimento a mi lado izquierdo se cerraba, se escuchaba una voz desde la puerta principal que preguntaba simplemente “¿donde estás?” la voz femenina me sorprendió y anhelante de saber que iba a pasar me quedé quieto donde estaba. Un par de puertas se abrieron emitiendo un pequeño chirrido al girar sobre las bisagras, hasta que de repente, fue la puerta que tenía enfrente la que se abrió.

Una mujer, de unos treinta años apareció delante de mi, bajita, rubia, de ojos oscuros, con unos hermosos pechos coronados por otros hermosos pezones y ancha cadera apareció ante mi vista, nuestras miradas se cruzaron sorprendidas, ya que ninguno se esperaba encontrar al otro, por lo menos en ese momento. Pasaron unos segundos cuando sentí que algo me rozaba mi pierna izquierda dándome suaves golpecitos, mientras bajaba la mirada vi como ella sonreía intentando no emitir ruido en una carcajada, temí lo que iba a ver tocándome, bajé la mirada y allí estaba: por un agujero estratégicamente colocado (desde luego estos tíos habían pensado en todo) aparecía una polla enhiesta preparada para su uso que me miraba desafiante. Al verla me aparté colocándome enfrente de ella mirándola entre asustado y sorprendido. A estas alturas la mujer de la puerta se encontraba ya muy cercana a mi, la seguí con la mirada mientras con sus manos acariciaba cariñosamente el improvisado saliente y a mi me apretaba con su trasero en la pared, situándose de espaldas a mi, sin soltar lo que tenía entre manos y colocando mi por aquel momento flácido pene en sus nalgas.

Ella se giró, colocando el mimado miembro que mantenía en sus manos a la entrada de su vagina, sin introducirselo, tan solo acariciando su mojada entrada, apoyó sus manos a mi alrededor y me besó el pecho. Coloqué mis manos en sus hombros empujándola levemente hacia atrás y bajé mi cabeza para conseguir besarla en la boca, intuyéndome ella me siguió y mientras nuestras lenguas jugaban húmedas en nuestras bocas, ella acariciaba mis testículos lo que me producía una electrizante sensación de placer y que la sangre fluyera por mi circuito hidráulico con rápidez. Dejé de besarla y al acercarme a su oído le dije: “te veo luego, ahora estás ocupada con otro y soy muuuy celoso…” mientras ella sonreía por mi comentario nos despedimos con una mirada cómplice. Cambiaba ella su posición en el cubículo mientras la puerta se cerraba ocultándome la acción que ocurría en su interior.

Regresé a la sala ocre, ya con un estado etílico mucho más razonable y preparado para participar en la fiesta que allí se había organizado. Giré a mi derecha para ver el lado izquierdo de la sala, al cuál todavía no le había prestado atención: En el jacuzzi dos parejas se encontraban una enfrente de la otra, mirándose detalladamente, observándose y deleitándose con el momento. Ellos se encontraban sentados en el asiento del jacuzzi, con el agua burbujeante llegando a la mitad de sus costillas y ellas justo encima, de espaldas a sus amantes, para observarse mutuamente los cuatro. Su ritmo era cadencioso, lento, ocupándose exactamente de controlar los movimientos, sintiéndose los unos a los otros muy dentro, sin prisa, y sin perder de vista a la pareja enfrentada a ellos. Ni se tocaban ni se intercambiaban, tan solo se observaban en un silencio solo interrumpido con algún gemido de placer.

Había dos personas más en perpendicular a las parejas, lo más alejados posible a ellas. Ella se encontraba fuera del agua, sentada en la madera del jacuzzi, apoyada en sus codos, con las piernas abiertas de par en par y los pies colocados justo en el borde. Él se encontraba besando lentamente la parte interior de los muslos de ella, acercándose sin prisa a su objetivo, haciéndola sufrir mientras en su cara la joven mostraba como esperaba ansiósamente que é llegara hasta su fijado destino. Me fijé en la oscuridad y reconocí a mi compañero de correrías como el responsable de la creciente necesidad que se producía en aquella mujer. Ninguno de los dos había elegido mal, ella era una delgada belleza de generosos pechos y cuerpo moreno, nada estaba fuera de armonía en todo su ser, lo cual aumentaba su belleza con lo que la vista se sentía agradecida por ello. Y él, pues bueno, se puede decir que tenía idea de lo que hacía.

Acercó mi colega su lengua lentamente y presionó la entrada al cuerpo de su compañera, este contacto provocó un pequeño suspiro en ella. Subió lentamente hasta encontrar su clítoris, lo rodeó con la lengua levantando la pequeña piel alrededor de él y volvió a lamer suavemente capturándolo con sus labios. Lo acarició con sus dientes suavemente y volvió a bajar a sentir el tacto de los labios de su compañera. Vi como las manos mi compadre bajaban por los muslos de aquella entregada mujer que se acariciaba suavemente con una mano el pecho, y con la otra sujetaba la cabeza de mi compañero de profesión cuando decidí retomar mi recorrido por el lugar.

De nuevo empezaban las camas, en la primera de todas descansaba apoyado un hombre entrado en años, con una copa en su mano derecha y la cabeza de una joven entre sus piernas. Recorriendo el cuerpo de ésta había otro individuo análogo al anterior que se afanaba por penetrar fuertemente a la joven. Viendo la escena no era difícil averiguar que los dos hombres habían dejado un buen fajo por los servicios de la joven, y hay que reconocer que ella se esforzaba por ganarse el sueldo (os prometo que sé de lo que hablo).

En total oposición a ellos se encontraba a su lado otro trío. Los papeles se tornaban y era ella la que había visto muchos más días que sus acompañantes. Las arrugas de la piel de ella y su flácido cuerpo mostraban muchas primaveras pasadas y olvidadas, sin embargo los cuerpos estilizados de ellos, delgados, fibrosos, morenos y tersos, un muestrario vivo de los músculos del cuerpo y sus posibles movimientos dejaban claro que entre los dos no sumaban la experiencia de su acompañante. Reconozco que una paternal sonrisa se esbozó en mi boca al ver a las nuevas generaciones esforzarse en cumplir nuestro laborioso cometido. Profesaban mil caricias al cuerpo de su clienta que provocaban el confort necesario para la situación, recorrían todo el cuerpo de ella, obligándola al placentero trabajo de guiar sus besos, por su pecho, su boca, su estómago, sus piernas y su sexo. Suaves, cariñosos, sensibles y cuidando en todo momento el lugar, duración y suavidad de las caricias y de los besos que ofrecían. Parece que el futuro de mi profesión estaba salvado.

Toda la pequeña calma que había en estas camas se esfumaba al llegar a la intersección con la última de todas. Haciendo una demostración encomiable de fuerza, ella apoyaba su espalda en la pared con la cadera levemente adelantada rodeando la cadera de su compañero con sus piernas. Encajado entre ellas se encontraba él acompasando su cuerpo con el de ella para seguir disfrutando de su sesión física extenuante. Aquellos dos cuerpos en pie asombraban a quién les viera por el derroche de potencia y fuerza, mantenían un sexo animal y duro acorde a la tensión de sus cuerpos y al nivel de sus gritos. Llegué ya al final de la última cama donde dos parejas dubitativas se miraban los cuerpos desnudos y al resto de la habitación, sentados inocentemente temerosos de dar rienda suelta a sus instintos pero ansiosos por hacerlo.

Al volver a ver la puerta por la que antes había entrado, observé que allí había dos hermosas mujeres, no tan jóvenes como intentaba simular pero físicamente impolutas, miré hacia ellas, permanecían de pie, con la toalla que todos recibíamos cubriendo la piel que va desde el pecho hasta la cadera. Mientras me acercaba hacía ellas, giraron sus ojos hacia mi mirando mi cuerpo desnudo moldeado por sesiones interminables de gimnasio y húmedo por la mezcla de sudor y la improvisada ducha en el baño. Vi en sus ojos el brillo de la lujuria contagiada por nuestro entorno y me coloqué entre ellas dándome la vuelta para situarme en la misma posición que ellas, bajé mis manos por sus espaldas y al llegar debajo de sus nalgas cogí las toallas, tiré de ellas desnudándolas dejando caer las improvisadas prendas, apreté mis manos en su piel y me dirigí con ellas a un sitio libre en las camas.

Se acabó el calentamiento, empieza el show… mi show.

Memorias de un gigoló: capítulo 17

Multitud (derecha).

Debido a nuestro ferviente estado etílico la idea de ir a una sala en la que solo tuviéramos una toalla por vestimenta nos pareció una idea grandiosa. Con la mitad de la enésima copa en una mano fuimos al centro de la sala en busca de la escalera que nos llevaría hacia el piso superior. Lo bueno de realizar esta búsqueda es que nos obligó a mirar por todas la camas. Si bien estaba todo a oscuras, con las luces intermitentes y el tenue resplandor del piso inferior, podía llegar a verse un pecho por algún lado, un miembro viril por otro, una felación un poco más acá y una joven amazona cabalgando con intensidad un poco más allá. Aún así, eran los pocos los que se atrevían a pasar de unos apasionados besos, eso si, quienes se atrevían, lo hacían llegando a las últimas consecuencias.

En una mente masculina repleta de alcohol hasta las trancas como la mía estas visiones solo podían tener un resultado físico: me estaba poniendo cachondo perdido. Sentí como una mano me empujaba del hombro y al mirar hacía ese lado vi como mi colega se iba adelantando hacía un hueco oscuro, al enfocar mejor con mis ojos observé que se dirigía hacia una escalera con luces rojas en el suelo. La subida hacia el piso superior estaba ahí, esperándonos.

Subimos rápidamente la escaleras, o más bien lo intentamos, ya que si la subida hubiera sido en línea recta habríamos llegado bastante antes (y sin alcohol hubiéramos tropezado varias veces menos también). Llegamos a una puerta con una alegre señorita sonriente ataviada con el uniforme del local que nos saludó y nos dio dos pequeñas llaves. Me pareció de fondo oir que nos explicaba las normas a seguir, pero yo encontré un pasatiempo mejor que escucharla: su escote. Escondía este dos hermosos, redondos y turgentes pechos (reconozco que no lo pude verificar pero creedme cuando os digo que tengo un sexto sentido para estas cosas) así que volví a sentir un tirón que me llevaba hasta otra sala, y al entrar vi como mi colega abría (no sin dificultad) dos taquillas contiguas y empezaba a quitarse la ropa.

- Hey tío… primero dime que me quieres antes de quitarte la ropa, jejejeje – farfullé mientras me sentaba pesadamente por el alcohol.

- Jejeje, te quiero tío, jejejeje – obviamente el iba fino también – a ver, ¿no has escuchado a la pava de ahí fuera? No se permite ropa ahí dentro, entramos solo con la toalla y las chanclas y al mogollón ahí, a tope y eso.

- Puess… la verdad es que algo dijo, pero yo estaba mirándole las brevas, así entretenido – me… sinceré.

- Mierda, que mierda… ya decía yo que se me olvidaba algo – contestó mi colega todo preocupado – ¡no le miré las tetas a la pava! Pero es que era tan interesaaante lo que me decía… aunque no recuerdo la movida…

Total, ahí estábamos, mi colega con la toalla por la cintura y yo con ella en el hombro (vamos que no sé para que quería aquella toalla), salimos de lo que después reconocí como vestuario y pasamos por delante de aquel escote, digo mujer, que nos había indicado que hacer en aquel lugar. La saludé levantando mis cejas y emitiendo un “buenaaass” alegremente. Evidentemente ni siquiera me plantee en que estaba en bolas y con la toalla por el hombro. Recorrimos un pasillo que empezaba al lado izquierdo del puesto de mis dos amigas, el pasillo giraba después de un par de metros a la izquierda. En ese momento, y en un alarde de consciencia, mi colega me dijo:

- Tío, pero si vas con la churra al aire y llevas la toalla por el hombro, y se supone que era para taparte los huevos de la que entras al tema. – Momento de consciencia activado.

- Ya… pero voy tan cómodo… – acerté a decir.

- Coño pavo, ¡tienes razón! – Se quitó la toalla de la cintura y se la puso alrededor del cuello. Momento de consciencia desactivado.

- Eh no vale, ¡copión! – Entonces me puse la toalla de turbante.

Así, de esa guisa llegamos al final de pasillo y entramos en la nueva sala. Mi colega con la toalla alrededor de su cuello sujetándola con las manos y yo con mi respectiva toalla en la cabeza a modo de turbante, ambos a ritmo de la música, o algo así. Lo que había dentro me bajó un par de puntos la cogorza y subió diez puntos mi libido.

Una sala cuadrada (la única que debía de haber en todo el local) , con un espacio de unos tres metros de ancho en el centro donde se podía ver el suelo, todo de cristal como ya sabía, mostrando lo que sucedía en las camas del piso inferior. Siguendo el camino que ofrecía el suelo de cristal, en la pared del frente se erguía una nevera de puerta transparente con una ingente cantidad de bebida a consumir: cerveza, champán y vinos blancos, rosados y tintos. Al lado de ésta miles de alcoholes de buena marca y cinco tiradores de refrescos para los combinados que se desearan. A ambos lados de ésta zona para beber, dos jacuzzis de unos 4 metros de ancho en total. A los lados del pasillo de cristal, tres camas por cada lado, enormes, apoyadas en el suelo y ancladas de manera misteriosa para que no se movieran a causa del ajetreo que soportaban. Por últio, todo estaba bañado de una luz ocre que se emitia desde el suelo permitiendo ver todo lo que pasaba.

Giré mi cabeza hacía la derecha y empecé a observar la situación con detenimiento: En la cama más cercana a mi posición una joven fémina arqueaba su espalda mientras desde debajo de ella un hombre entrado en la cuarentena la penetraba firmemente, su cuerpo sudoroso se doblaba ante mí viendo como subían y bajaban sus firmes senos. Su curtido amante se encontraba acostado en la cama, con la cabeza apoyada en un par de cojines cobrizos por la luz, blancos al natural, con sus manos apoyadas en las caderas de su compañera para acompañarla en sus movimientos pélvicos. A la derecha de esta pareja, sentados con las piernas estiradas se encontraban dos hombres, y entre ellos, una mujer madura que los cogía por sus miembros, masturbándolos con suavidad mientras observaba la lasciva escena que tenía ante ella, satisfecha de tener sus manos ocupadas y apoyando su cabeza en un joven que tras ella y de rodillas en la cama, pasaba sus manos acariciándola por todos los recovecos de su piel. Nientras yo avanzaba para ver mejor la escena, el joven subió su mano doblando tres de sus dedos y rozó suavemente con los otros dos los labios de su compañera, haciendo una pequeña presión a la que ella respondió lamiéndolos durante unos segundos. No había terminado ella su pequeña succión mientras él, situándose a un lado con cuidado de no molestar la labor de la mano derecha de su compañera, extrajo los dedos de las fauces de ella y rápidamente, bajó los dedos, húmedos, para acariciarle otros labios. Ésta respondió al movimiento apoyándose en el pecho de éste y colocando su cadera hacia adelante para facilitarle la labor. Cuando los dedos del muchacho tocaron la entrada de su sexo, y subieron mimándolo suavemente hasta llegar a su clítoris, ella respiró profundamente, contuvo el aire durante un par de segundos en los que sus manos quedaron quietas sobre sus juguetes fálicos y soltó el aire con un gemido. Me despedía de la escena mientras observando como el joven empezaba a masturbar a su compañera a mayor velocidad desatando una reacción en cadena que empezaba en el interior de la vagina de ella, y acababa en los glandes de sus dos compañeros.

No había visto todavía dos camas completas y una de mis manos acariciaba a mi pequeño amigo, duro como un pilón, ansioso ya por entrar en uso. Detrás del cuarteto que seguía masturbándose ajeno a mi presencia, había otras cuatro personas difícilmente distinguibles, que se repartían entre la segunda y tercera camas, embarullándose unos con otros y juntándose como si quisieran fundirse en un solo cuerpo. A duras penas me di cuenta de que eran dos hombres y dos mujeres, todos acercándose a la cincuentena, con prominentes barrigas cerveceras y mucho pelo pero no en la cabeza ellos y cuerpos ajados por la edad ellas. Era tal aquel maremágnum de manos, piernas y cuerpos que no podía adivinar quién tocaba a quién, quién lamía a quién y lo más curioso, quién penetraba a quién.

Yo seguía mi camino hacía el fondo, hacía la zona de los jacuzzis y la barra, aunque no tenía precisamente sed. Seguía con mi mirada los quehaceres de aquellas dos parejas, observando como se besaban entre ellas, entre ellos, entre ellas y ellos, y todos juntos a la vez. Impresionaba ver tanta compenetración entre tantos cuerpos, primero ellos masturbándolas a ellas, luego penetrándolas con fiereza, después uno penetrando al otro mientras ellas se esforzaban en lamer la verga disponible, juntando y acompasando sus lenguas mientras la recorrían incesantemente de arriba a abajo. Cambiaron de nuevo sus posiciones colocándose ellas una frente a la otra y en el momento en que las dos estaban empaladas de nuevo, empezaron a moverse acompasadamente, subiendo poco a poco la velocidad, sin prisa. Mientras ellos entraban y salían de los cálidos y húmedos sexos de ellas no dejaban de besarse, acariciarse, tocarse y lamerse.

Tal como íbamos, no iba a ser un remanso de paz la parte restante de la tercera cama, aunque aquella pareja, donde ella yacía acostada con la cadera levantada para mejorar la entrada a sus entrañas a su amante (el cual se esforzaba ansiósamente por lograr la entrada una y otra vez, apoyado con sus brazos a los lados de la cabeza de ella) fue lo más tranquilo que me encontré en aquél lugar.

Llegué al jacuzzi derecho y miré dentro, con mi mano derecha toqué el agua descubriendo que estaba templada, fría si la comparamos con el ambiente tórrido de la habitación y me llevé esa sensación a mi nuca, sentí como el agua recorría mi columna bajando hasta mis nalgas, y observé más detenidamente que ocurría dentro una vez refrescado.

Pese al gran tamaño del jacuzzi solo había cinco personas dentro: una pareja contemplaba tranquilamente la escena que tenían delante, por la posición de los brazos supuse que masturbándose el uno al otro, si bien las burbujas no me dejaban ver de manera precisa que sucedía bajo el agua. Opté por seguir la línea que trazaban sus miradas hacia el otro lado del jacuzzi: por encima del agua y sentado en la madera, un hombre de tez muy blanca y pelo claro, esperaba como una mujer de piel oscura y pelo negro como el carbón se sentaba sobre él, colocando a la entrada de su carnosa vagina el blanco pene enfundado en un condón. Se cercioró de su colocación y suavemente se introdujo el miembro mientras ambos dos suspiraban suavemente. Ella siguió buscando una mejor posición hasta que empezó a moverse más y más rápido mientras él se llevaba a su boca uno de los oscuros pezones de la mujer. Tan obcecado me había quedado viendo aquella fusión de colores opuestos que me sorprendí al ver una mano más en aquel oscuro cuerpo femenino. Me dí cuenta entonces de que me faltaba una persona en aquel jacuzzi, y observé como otro hombre (el cual había estado ocupado enfundándose su miembro en plástico) bajaba su mano acariciando la espalda color ébano. Llegó a las caderas que subían y bajaban incansablemente hasta que sintieron el cálido tacto de los dedos de su otro acompañante en la entrada de su ano, y como si hubiera sido apretado un botón, bajaron su ritmo inmediatamente. Los dos amantes se recostaron más hacía la pared de la sala, lo que me permitía a mi una mejor visión de aquel oscuro culo, de aquel blanco miembro urgando la profundidad oscura y, por supuesto, de la maniobra que se iba a efectuar a continuación. Con la otra mano, el recién llegado frotó suavemente con líquido la entrada trasera de ella, introduciendo suavemente un dedo y luego otro, esperando pacientemente a la relajación del esfinter de ella. Una vez bien lubricado todo, cogió su enfundado miembro, que relucía a través del plástico lubricado y lentamente lo introdujo dentro de ella, la cual se apoyaba con las manos en la pared dejándose hacer y deleitándose mientras la penetraban doblemente. Estos suaves comienzos, seguidos por los movimientos acompasados de los dos caballeros, dieron paso en breve a movimientos más rápidos, forzados, animales. Podía desde mi posición oír los jadeos de aquella oscura diosa sometida a la potencia fálica de aquellos dos hombres que la penetraban sin compasión, duramente, siguiendo las exigencias que ella dejaba escapar entre jadeos al pie de la letra.

Solo la mitad, y mi show ni siquiera estaba cerca de empezar.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.