Memorias de un gigoló: capítulo 6
Capítulo 6 – Éxtasis con una pizca de dolor -
Al abrirse la puerta contemplé a dos mujeres vestidas de cuero negro con un pequeño látigo también de cuero de múltiples cuerdas. Si no fuera por su vestimenta de cuerpo entero negra (y el citado látigo sobre todo) reconozco que ambas mujeres mantenían un cuerpo bonito. Sus ceñidos trajes mostraban dos mujeres de complexión delgada, pechos pequeños y hermosas cabelleras, una rubia y otra pelirroja. Sus trajes negros cubrían las piernas y el estómago completamente y llegaban hasta los hombros en forma de tirantes, la espalda estaba totalmente cubierta a su vez y solo dejaban visualizar sus hombros y antebrazos además de un generoso escote que terminaba en una cremallera que bajaba hasta debajo de su vientre. Ambas llevaban guantes que cubrían sus manos hasta casi los codos y un pequeño antifaz también negro hacía que solo en su cara se vieran sus lascivos ojos y sus sensualmente rojos labios. El resto de la habitación tampoco desmerecía la situación: las paredes estaban iluminadas por un número ingente de velas colocadas en diferentes lugares y los bailes de sus llamas dibujaban fantasmagóricas imágenes en las paredes violáceas (o eso parecía con esa luz). Lo que más me impresionó era que había en una mesa colocados estratégicamente un ingente ejercito de juguetes sexuales: Consoladores de mil formas (y tamaños) diferentes, fustas, más látigos, estimuladores de pezones que iban desde pequeños anillos hasta estimuladores eléctricos, palas de azote y distintos tipos de amarres corporales. Mientras intentaba tragar saliva recorrí con mi vista el resto de la habitación donde había varios cuadros con imágenes vintage bastante explícitas y otras imágenes de gente atada en posiciones a cada cual más extraña que miraban sometidos a sus amos normalmente de pie, al lado de ellos.
- ¿A dónde coño me has traido? -pregunté temerosamente inclinándome levemente sobre mi amigo.
- A un trabajo con dos mujeres, ¿no lo estás viendo? – respondió él con una sonrisa, evidentemente me conocía y sabia que llegados a ese punto, yo no iba a salir huyendo de allí.
- Te juro que si no te corta una de ellas los huevos lo voy a hacer yo después de esto.
- Anda, anda, si al final te gustará, por cierto, lo de antes si era un grito ¿no te puso cachondo?
Mientras ponáa a parir a todos los santos del cielo y encomendaba mi alma a todos los dioses que se me ocurrían, vi que se acercaba hacia a mí la mujer rubia y mientras me colocaba un collar con una cadena me di cuenta de que yo había visto ese hotel por la televisión ¡era un local de bondage y sadomasoquismo! ¿cómo coño no me había acordado antes y así hubiera podido huir? En fin, de lo malo saldría con una experiencia más… si es que salía de allí. Estaba yo debatiéndome en mis pensamientos e intentaba apartar de mi mente las imágenes del documental en las que se veía a hombres penetrados analmente con consoladores de gran tamaño y zonas de piel enrojecidas debidas a impactos de látigo, fustas y otros objetos cuando mi “ama” tiró de la cadena que la unía con mi cuello y me hizo avanzar hasta el medio de la habitación. Mi corazón latía a 200 pulsaciones y no por excitación precisamente.
- Quítate la camisa y los pantalones – no hay ni que decir que obedecí y me quedé en gallumbos rápidamente, no suelo jugar con gente con látigo y hacerme el duro en esa situación no me parecía muy sensato.
- Ahora échate en la cama y pasa los brazos por encima de la cabeza.
Obedecí como un niño bueno otra vez echándome en la cama (que hay que reconocer que por lo menos era cómoda) y pasé mis manos por encima de mi cabeza, en mi mente tenía la ilusa idea de que me hiciera sufrir a cosquillas en mis axilas, pero cuando la vi acercarse ya supuse que no. Pasó el cuero del látigo por el interior de mis piernas acariciándome los gemelos y los abductores, se recreó durante unos segundos por mi zona genital y siguió subiendo por mi abdomen y pecho. Cuando llegaba a mi cara dejó el látigo a mi lado y bajó un poco la cremallera de su traje permitiéndome ver completamente su canalillo y la parte inferior de sus pechos (al fin algo mínimamente agradable pensé). En ese momento se sentó encima de mí, y apoyada en mi estómago se echó hacia delante ocultándome el resto de la habitación con su pecho, sentí el calor que emanaba de su piel e intenté alzar mi cabeza para lamerle el canalillo (¿hay que recordar para que estaba yo allí?) pero ella jugaba conmigo colocándose a una distancia desde la cual, estando ella sujetando mis muñecas yo no podía tocarla, intenté esto dos o tres veces mientras oía como ella se reía burlona. Eché mi cabeza hacia atrás mientras ella soltaba una de mis muñecas y sentí un contacto metálico y frio en ellas, al sentir los dos “clics” me di cuenta: ¡me había esposado a la cama! justo cuando me daba cuenta de mi situación ella se levantó y me quitó el collar de mi cuello.
-Date la vuelta ahora – me dijo sin el más leve ápice de bondad.
Esto a mi ya me acojonaba, las imágenes de hombres violados analmente volvió a mi cabeza de una forma muy realista y empecé a sudar (aunque reconozco que tenerla a ella encima de mí si me habia gustado), sentí como me bajaba los gallumbos e instintivamente apreté mis glúteos. Quedé desnudo boca abajo en su cama ladeé mi cabeza para intentar visualizarla y saber cuál iba a ser mi porvenir (y el de mi virginidad anal). Ella me vio mientras buscaba un objeto en la mesa y volvió hacia a mi.
- Parece que al esclavo le gusta mirar, pues debe de saber que a su ama no le gustan los esclavos curiosos.
No es que “esclavo” sea una palabra llena de connotaciones agradables pero creo que nunca me sonó tan mal como en la voz suave de aquella mujer. Se volvió a ir y pese a que yo me quedé muy quietecito por si acaso y no levante la cabeza, ella volvió rápidamente y me puso un antifaz para taparme los ojos. Así que allí me encontraba yo en una tarde de sábado, desnudo y ciego en un hotel donde se oían gritos y lamentos, boca abajo esperando un trato vejatorio de una mujer que no conocía y acordándome de la familia de mi socio de una manera poco agradable.
- ¡¡¡Ahhhh!!! ¡¡¡ostiaaaass!!! – grité.
- Jajajaja dale más fuerte, hasta que le guste – oí la voz de la otra mujer a la que supuse dándole una lección semejante a mi colega.
- ¡¡Joder mi culo!! – volví a gritar cuando la paleta de cuero volvió a besar mi piel. Sentía las risas de tres personas.. ¿tres? ¡será cabrón el tío vicioso! (también es tremendo que yo precisamente llame a alguien vicioso).
Mi ama repitió un par de veces gustosa los azotes y mientras mis posaderas ardían por los impactos sentí a los lados de mi cadera que la cama se hundía, mi ama se había puesto de pies con sus botas de largo tacón apoyadas a mis lados. Mi lado derecho perdió presión y empecé a sentir un afilado tacón que me recorría la columna subiendo y bajando hasta que lentamente siguió su ruta descendente entre mis nalgas llegando a acariciar (por decirlo de alguna forma) en su ruta levemente mi escroto lo que me hizo tener un pequeño escalofrío.
Me obligó a darme la vuelta de nuevo, lo cual agradeció un poco mi culo, sin embargo, el saber que había una mujer delante de mí con objetos que podían provocarme dolor, bastante pasión por provocar dicho dolor y sumado que yo estaba totalmente desnudo me hizo preocuparme (más si cabe) sobre mi integridad física (sobre todo la de la zona entre mis piernas).
- Venga, se buena con él que es su primera vez – oí decir a la criatura que me había llevado hasta esa situación, “será cabrón” pensé.
Sentí como bajaba una cremallera y el sonido del cuero doblándose sobre si mismo. Unos segundos más tarde dos piernas doblándose a los lados de mi cintura me acariciaban la piel y mi ama como se apoyaba con cuidado justo debajo de mi estómago. La piel de sus piernas junto a mi piel era suave y el tacto del cuero del tanga que cubría su sexo en mi ombligo era agradable. Noté cómo ella se echaba hacia adelante lo que me permitió sentir sus pechos en mi pecho y me sorprendió notar como me lamía los labios. Cuando intenté capturar su lengua con la mía se aparto y se alzó levemente apoyando sus manos a los lados de mi cabeza bajando seguidamente su tronco para ponerme su pezones en mi boca. Desde mi oscuridad absoluta me afanaba por lamer y juguetear en mi boca con ellos siendo un buen esclavo. Ella a su vez jugaba conmigo moviendo su pecho para que mis atentos cuidados no se centraran en una sola parte de su cuerpo. Me estiraba lo que mis brazos y espalda me permitían y buscaba en mi noche su cuerpo para seguir disfrutando de ese momento de placer que mi ama me proporcionaba hasta que la sentí volver a sentarse sobre mí, alzarse nuevamente y coger algo de la mesita cercana.
- ¡¡Ostias que me quemo!! – grité al sentir un ardiente líquido sobre mi pecho.
- Vamos haré que te guste – me dijo mi clienta transformada en ama.
Sentí como rápidamente se enfriaba y solidificaba el extraño líquido y supe lo que era: ¡ella había cogido una vela y me estaba lanzando gotitas de cera por mi cuerpo!. Empezó a acariciarme entre las piernas y volvió a repartir unas gotitas de cera por mi cuerpo. Mis sentidos empezaban a confundirse entre sí: por un lado notaba las gotas de cera quemar mi piel a la vez de que por otro lado me regocijaban las hábiles manos de mi clienta que me acariciaban mis testículos sin menospreciar mi verga. Sentí como aquella situación empezaba a gustarme y empecé a tener una erección. Mi ama dándose cuenta de esto volvió a lanzar gotas de cero y yo grité de nuevo, aunque en esta ocasión el grito se difuminó al final en un leve jadeo, su mano empezó a centrarse solo en mi miembro cuando sentí sus largas uñas acariciándolo levemente. Oí como dejaba un objeto en suelo y entendí que era la vela, volvió a colocarse encima de mí y se echó encima de mí, haciéndome sentir otra vez el contacto con su piel. Mientras sentía como ella frotaba mi falo entre sus nalgas sentí su aliento cerca de mi cara y su voz me dijo al oído:
- Parece que ahora empieza a gustarte…

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