Memorias de un gigoló: capítulo 10
Capitulo 10 – Los límites del cuerpo
“Joven y viciosa busca llegar al límite de sus expectativas con un chico, no importa edad ni nada”
Mi cara era un poema. No podía suceder que la agencia se equivocara mandando el correo electrónico. Básicamente porque era solo de chicos, así que sin pensar ni un momento en lo raro que era decidí decir que sí. Aparte de la inconsciencia habitual de mi ser ya conocida, esta vez se unieron las prometedoras fotos de la chica y que más raro de lo que me había pasado estos dias, tampoco iba a ser suponia yo.
A decir verdad en mi cabeza tenía la sensación de que sería mentira y me tocaría zumbarme a una anciana chistosa, pero como al fin y al cabo mi trabajo consistia usualmente en cosas así, no era el momento para plantearme cosas tan mundanas como mi alquilada vida sexual. Total, ya sabía lo que iba a hacer el día siguiente, miré el reloj y me fui a dormir.
Las siete de la tarde. En casa vestido con solamente una toalla y tirado en el sofá como una alpargata vieja me apetecía tanto levantarme y acabar de vestirme como sacarme un ojo… incluso creo que apetecía menos que sacarme el ojo, al fin y al cabo tengo dos. Toda la sangre que había recorrido mi entrepierna cuando acepté el encargo al ver la foto de la chica estaría ya en los pies como muy arriba y las pocas ilusiones que me concedí el día anterior estaban ya por saturno de lejos. Pero el dinero es el dinero y el trabajo lo proporciona así que me levanté y me vestí haciendo un esfuerzo sobrehumano tanto como para prepararme como para dejar de pensar estas gilipolleces.
Un buen rato después, ya en el taxi donde más que sentado iba tirado en el asiento posterior. Oía superfluamente una historia que me importaba muy poco sobre la mujer y los hijos de mi momentáneo chofer llegando a mi destino cuando ibamos por sus problemas con la odiosa suegra (según él) de mi conductor. Pagué y entré en el restaurante en el que ejercería la primera parte de mi trabajo nocturno: cenar.
El restaurante era un buffet libre nada ostentoso pese a un cuidado estilo en sus mesas y en su decoración. Se componía de una gran sala con mesas de 2, 4 y 6 comensales iluminadas por bombillas cuya luz se suavizada por la leve opacidad de los cristales que las rodeaban. Las mesas tenian un mantel rojo oscuro y un cubremantel también de tela blanco con cubiertos, platos y copas perfectamente alineados aguardando por sus futuros comensales. A la izquierda estaban las fuentes repletas de comida que la gente se servía en sus platos una y otra vez y a la derecha se extendian hasta el final las mesas de la sala donde yo buscaba a mi clienta. Fue entonces cuando vi algo que no me esperaba, sentada 6 mesas al fondo se encontraba una chica sonriente mirando hacia mi, exactamente igual (si no más guapa) que la foto que había recibido por correo electrónico.
Mientras mis zapatos pasaban las pequeñas baldosas veteadas en mi cabeza intentaba encontrar una lógica de la situación. Una chica como la que me estaba acercando podía encontrar muchos chicos sin recurrir a pagar mis emolumentos: constitución delgada, pelo caoba oscuro cortado por debajo de su cuello envolviendo una bonita cara redonda de ojos color miel y una de esas bocas que nunca te cansas de besar.
- ¿que coño pasa aquí?, no lo entiendo… – me susurré en voz baja a mí mismo al acercarme.
Sus facciones se configuraron de forma que me enviaron una mírada pícara mientras se pasaba la punta de los labios por su labio superior avanzando hasta humeder ambos y volver a sonreir mostrandome tímidamente sus dientes. Me fijé en su tez clara que acababa en un vestido que permitíaa ver sus hombros y sus brazos además de un generoso escote donde se ocultaban dos apetecibles, pequeños y firmes senos. Ya casi llegaba hasta su localización cuando se levantó suavemente y me permitió ver la parte oculta por la mesa. Nada de esa mujer desmerecia una profunda y atenta observación: cintura pequeña y piernas largas estilizadas por sus tacones. Aquello no podia ser verdad, me cuestioné hasta la posibilidad de una cámara oculta en el bar llegando a buscar alguna mirada complice por la que pudiera empezar a sospechar (no hace falta decir que allí todo el mundo se dedicaba a degustar comida hasta reventar sin preocuparse lo más mínimo por nosotros).
- Hola, ¿que tal?, vaya… eres preciosa… no me lo esperaba – dije todavía sin dejar de asombrarme (de hecho, creo que no la guardaré en la memoria como mi mejor frase de presentación).
- Jajaja, que adulador, ¿eso es lo primero que siempre les dices a las mujeres que te contratan cuando las ves? - me preguntó de forma curiosa y alegre.
- Pue sí, pero es raro que se lo tenga que decir a una mujer como tú que baja 40 años de la media de mis clientas.
- ¡Uy! creo que te lanzas mucho adulando, me acerco a la treintena peligrosamente.
- Pues lo que yo te digo, 40 años menos…
Así empezó nuestra conversación que no interrumpiamos ni siquiera para recargar nuestros platos. Ciertamente impresionaba ver a esa menuda mujer comer tanto, así en su enésimo viaje a por comida yo me tuve que dar por vencido y esperar sentado su regreso. La veía grácilmente andar alrededor de las fuentes de comida que analizaba para escoger su próximo bocado, sin embargo, algo perturbaba mi mente, algo raro tenía que haber y no lo encontraba por ningún lado. Atractiva, joven y al parecer una persona alegre y simpática, ¿por qué había contratado mis servicios? Desde luego no me quejaba de la aparente suerte que había tenido al descubrir tal hallazgo, pero empezaba a plantearme ideas más estrambóticas que variaban entre mi cuerpo aparecido sin un riñón en cualquier oscura esquina, hasta acabar en una ceremonia de adoradores satánicos con mis tripas repartidas en un altar en forma de pentáculo invertido.
Estaba enfrascado en estos extraños pensamientos cuando volvió ella y retomamos nuestra conversación durante unos instantes hasta que me tuve que levantar y dirigirme al aseo, “disculpame, mucho vino” le dije y ella me sonrió mientras me iba. Entré tranquilamente en el baño y me dirigí a uno de los cubículos. Levanté la tapa (¿qué clase de tio baja la tapa?) me bajé la bragueta y tranquilamente me puse a evacuar líquido amarillo. Justó acababa cuando oí como la puerta del aseo se abría pesadamente, lejos de inquietarme volvía a colocar mi herramienta de trabajo en su lugar dentro de los gallumbos y me disponia a subirme la cremallera cuando dos manos en mi espalda me giraron contra la pared derecha del cubículo donde acabé apoyado con mis manos y mi espalda al perder el equilibrio. Mis ojos vislumbraron a la misma mujer que había dejado en la mesa pero jadeante, con sus pezones erectos debajo del vestido y un brillo de lujuria en los ojos.
-Te toca ganarte el sueldo – no habia terminado de pronunciar las palabras y yo ya teníaa su lengua en mi boca jugando con la mia, pero incluso antes de eso su mano me acariciaba dentro de mi ropa interor.
Nuestras cálidas y jugosas lenguas jugaban incesantemente mientras ella acariciaba mis testiculos apretandolos suavemente haciendo que mi erección cada vez fuera mayor. Se separó, me quitó los pantalones y se agachó para lamerme de arriba abajo mi miembro viril. Dos pasadas de su lengua desde el principio de mis testículos hasta el final de mi falo bastaron para sacarme un suspiro, volvió ella a levantarse y me colocó un preservativo que todavía no sé de donde apareció.
Volvió a besarme lascivamente mientras terminaba de colocarme el condón perfectamente y se dió la vuelta mientras me dedicaba una intensa mirada con sus ojos comunicándome que estaba ávida de sexo. Se apoyó en la pared con sus manos y curvó su espalda para mostrarme la parte posterior del vestido que tapaba sus separadas piernas y su culo. Subí rápidamente su vestido para darme cuenta de su carencia de ropa interior, separé sus nalgas para ver sus labios íntimos y lamí lentamente su húmedo orificio sintiendo su clitoris en primer lugar y luego la abertura que discurria entre sus carnosos labios. Me levanté y me coloque en posición para penetrarla lentamente. Centímetro a centímetro iba entrando dentro de ella mientras sentía un suspiero de placer que se ahogó cuando llegué a lo más profundo. Empecé a entrar y salir pausada pero rítmicamente mientras sujetaba entre mis manos las perfectas nalgas de la mujer que tenia delate de mi sintiendo su humedad mientras me deslizaba en su interior..
Mis manos subieron a sus hombros para intentar desplazar suavemente los tirantes del vestido de sus hombros, al sentir mis manos, adivinó mis intenciones y se irguió haciendo que yo doblara mis rodillas levemente para mantenerme en su interior. Una vez libres de su textil prisión acaricié sus pechos mientras besaba su cuello sintiendo en mi mano izquierda los rápidos latidos de su corazón que se emitiían debajo de su piel. Jugaba con sus pezones mimosamente cuando me cojió mis manos y las apretó contra su busto acelerando su ritmo con las caderas. Buscaba ansiosamente una penetración más profunda presionando cada vez con más fuerza sus nalgas contra mi pelvis, haciendome sentir lo más profundo de su sexo en la parte superior de mi glande. Me hizo con su presión doblar más las rodilas, y perdí nuevamente el equilibrio dentro del pequeño cubículo. Solté sus senos y me apoyé en la pared del aseo y en la puerta del mismo con mis manos para reestableer mi equilibrio. Pudiendo desde esa posición doblar más las rodillas y levantar mi cadera para facilitar que ella consiguiera lo que buscaba.
Al completar los movimientos para la nueva posición aumentó aún más la velocidad golpeando mi pelvis más fuerte, con un ruido que alertaria a cualquier tipo que entrar a satisfacer sus necesidades, lo cual empeoraba contando que no habiamos puesto el pestillo a al puerta, este hecho me produjo todavía más excitación, haciendome suspirar varias veces por la situación. Ella apoyó derrepente su nuca en mi hombro.
- ¿Acabas conmigo?
- Lo que sea para ganarme el sueldo. – dije esbozando una sonrisa.
A partir de aquí conjugamos nuestros movimientos más salvajes para una penetración máxima, al ruido del choque de nuestros cuerpos (el cual yo calculaba que se oiría desde las mesas a estas alturas) se unieron gemidos imposibles de acallar por parte de nuestras bocas, hasta que llegó el clímax final.
-¡Ahora…! – se ahogaba su voz. Separé una de mis manos de la pared y la cojí por la cintura para moverla a mi placer, mientras sentía como el cuerpo de ella se empezaba a relajar después del orgasmo fue mi turno. La presión que sentía se liberó haciendome aprisionarla con mi mano hacia mi cadera mientras mis ojos se cerraba y durante una centésima de segundo perdía el conocimiento.
- Joodeeer -dije retirandome de su interior – esto creo que es nuevo para mí, usualmente mis clientas esperan al hotel.
- Pues (suspiro de agotamiento) vete preparandote (otro suspiro) que todavia te queda más para conseguir tu paga.
Esto habian sido los entremeses, luego vendrán los postres…

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