Memorias de un gigoló: capítulo 17
Multitud (derecha).
Debido a nuestro ferviente estado etílico la idea de ir a una sala en la que solo tuviéramos una toalla por vestimenta nos pareció una idea grandiosa. Con la mitad de la enésima copa en una mano fuimos al centro de la sala en busca de la escalera que nos llevaría hacia el piso superior. Lo bueno de realizar esta búsqueda es que nos obligó a mirar por todas la camas. Si bien estaba todo a oscuras, con las luces intermitentes y el tenue resplandor del piso inferior, podía llegar a verse un pecho por algún lado, un miembro viril por otro, una felación un poco más acá y una joven amazona cabalgando con intensidad un poco más allá. Aún así, eran los pocos los que se atrevían a pasar de unos apasionados besos, eso si, quienes se atrevían, lo hacían llegando a las últimas consecuencias.
En una mente masculina repleta de alcohol hasta las trancas como la mía estas visiones solo podían tener un resultado físico: me estaba poniendo cachondo perdido. Sentí como una mano me empujaba del hombro y al mirar hacía ese lado vi como mi colega se iba adelantando hacía un hueco oscuro, al enfocar mejor con mis ojos observé que se dirigía hacia una escalera con luces rojas en el suelo. La subida hacia el piso superior estaba ahí, esperándonos.
Subimos rápidamente la escaleras, o más bien lo intentamos, ya que si la subida hubiera sido en línea recta habríamos llegado bastante antes (y sin alcohol hubiéramos tropezado varias veces menos también). Llegamos a una puerta con una alegre señorita sonriente ataviada con el uniforme del local que nos saludó y nos dio dos pequeñas llaves. Me pareció de fondo oir que nos explicaba las normas a seguir, pero yo encontré un pasatiempo mejor que escucharla: su escote. Escondía este dos hermosos, redondos y turgentes pechos (reconozco que no lo pude verificar pero creedme cuando os digo que tengo un sexto sentido para estas cosas) así que volví a sentir un tirón que me llevaba hasta otra sala, y al entrar vi como mi colega abría (no sin dificultad) dos taquillas contiguas y empezaba a quitarse la ropa.
- Hey tío… primero dime que me quieres antes de quitarte la ropa, jejejeje – farfullé mientras me sentaba pesadamente por el alcohol.
- Jejeje, te quiero tío, jejejeje – obviamente el iba fino también – a ver, ¿no has escuchado a la pava de ahí fuera? No se permite ropa ahí dentro, entramos solo con la toalla y las chanclas y al mogollón ahí, a tope y eso.
- Puess… la verdad es que algo dijo, pero yo estaba mirándole las brevas, así entretenido – me… sinceré.
- Mierda, que mierda… ya decía yo que se me olvidaba algo – contestó mi colega todo preocupado – ¡no le miré las tetas a la pava! Pero es que era tan interesaaante lo que me decía… aunque no recuerdo la movida…
Total, ahí estábamos, mi colega con la toalla por la cintura y yo con ella en el hombro (vamos que no sé para que quería aquella toalla), salimos de lo que después reconocí como vestuario y pasamos por delante de aquel escote, digo mujer, que nos había indicado que hacer en aquel lugar. La saludé levantando mis cejas y emitiendo un “buenaaass” alegremente. Evidentemente ni siquiera me plantee en que estaba en bolas y con la toalla por el hombro. Recorrimos un pasillo que empezaba al lado izquierdo del puesto de mis dos amigas, el pasillo giraba después de un par de metros a la izquierda. En ese momento, y en un alarde de consciencia, mi colega me dijo:
- Tío, pero si vas con la churra al aire y llevas la toalla por el hombro, y se supone que era para taparte los huevos de la que entras al tema. – Momento de consciencia activado.
- Ya… pero voy tan cómodo… – acerté a decir.
- Coño pavo, ¡tienes razón! – Se quitó la toalla de la cintura y se la puso alrededor del cuello. Momento de consciencia desactivado.
- Eh no vale, ¡copión! – Entonces me puse la toalla de turbante.
Así, de esa guisa llegamos al final de pasillo y entramos en la nueva sala. Mi colega con la toalla alrededor de su cuello sujetándola con las manos y yo con mi respectiva toalla en la cabeza a modo de turbante, ambos a ritmo de la música, o algo así. Lo que había dentro me bajó un par de puntos la cogorza y subió diez puntos mi libido.
Una sala cuadrada (la única que debía de haber en todo el local) , con un espacio de unos tres metros de ancho en el centro donde se podía ver el suelo, todo de cristal como ya sabía, mostrando lo que sucedía en las camas del piso inferior. Siguendo el camino que ofrecía el suelo de cristal, en la pared del frente se erguía una nevera de puerta transparente con una ingente cantidad de bebida a consumir: cerveza, champán y vinos blancos, rosados y tintos. Al lado de ésta miles de alcoholes de buena marca y cinco tiradores de refrescos para los combinados que se desearan. A ambos lados de ésta zona para beber, dos jacuzzis de unos 4 metros de ancho en total. A los lados del pasillo de cristal, tres camas por cada lado, enormes, apoyadas en el suelo y ancladas de manera misteriosa para que no se movieran a causa del ajetreo que soportaban. Por últio, todo estaba bañado de una luz ocre que se emitia desde el suelo permitiendo ver todo lo que pasaba.
Giré mi cabeza hacía la derecha y empecé a observar la situación con detenimiento: En la cama más cercana a mi posición una joven fémina arqueaba su espalda mientras desde debajo de ella un hombre entrado en la cuarentena la penetraba firmemente, su cuerpo sudoroso se doblaba ante mí viendo como subían y bajaban sus firmes senos. Su curtido amante se encontraba acostado en la cama, con la cabeza apoyada en un par de cojines cobrizos por la luz, blancos al natural, con sus manos apoyadas en las caderas de su compañera para acompañarla en sus movimientos pélvicos. A la derecha de esta pareja, sentados con las piernas estiradas se encontraban dos hombres, y entre ellos, una mujer madura que los cogía por sus miembros, masturbándolos con suavidad mientras observaba la lasciva escena que tenía ante ella, satisfecha de tener sus manos ocupadas y apoyando su cabeza en un joven que tras ella y de rodillas en la cama, pasaba sus manos acariciándola por todos los recovecos de su piel. Nientras yo avanzaba para ver mejor la escena, el joven subió su mano doblando tres de sus dedos y rozó suavemente con los otros dos los labios de su compañera, haciendo una pequeña presión a la que ella respondió lamiéndolos durante unos segundos. No había terminado ella su pequeña succión mientras él, situándose a un lado con cuidado de no molestar la labor de la mano derecha de su compañera, extrajo los dedos de las fauces de ella y rápidamente, bajó los dedos, húmedos, para acariciarle otros labios. Ésta respondió al movimiento apoyándose en el pecho de éste y colocando su cadera hacia adelante para facilitarle la labor. Cuando los dedos del muchacho tocaron la entrada de su sexo, y subieron mimándolo suavemente hasta llegar a su clítoris, ella respiró profundamente, contuvo el aire durante un par de segundos en los que sus manos quedaron quietas sobre sus juguetes fálicos y soltó el aire con un gemido. Me despedía de la escena mientras observando como el joven empezaba a masturbar a su compañera a mayor velocidad desatando una reacción en cadena que empezaba en el interior de la vagina de ella, y acababa en los glandes de sus dos compañeros.
No había visto todavía dos camas completas y una de mis manos acariciaba a mi pequeño amigo, duro como un pilón, ansioso ya por entrar en uso. Detrás del cuarteto que seguía masturbándose ajeno a mi presencia, había otras cuatro personas difícilmente distinguibles, que se repartían entre la segunda y tercera camas, embarullándose unos con otros y juntándose como si quisieran fundirse en un solo cuerpo. A duras penas me di cuenta de que eran dos hombres y dos mujeres, todos acercándose a la cincuentena, con prominentes barrigas cerveceras y mucho pelo pero no en la cabeza ellos y cuerpos ajados por la edad ellas. Era tal aquel maremágnum de manos, piernas y cuerpos que no podía adivinar quién tocaba a quién, quién lamía a quién y lo más curioso, quién penetraba a quién.
Yo seguía mi camino hacía el fondo, hacía la zona de los jacuzzis y la barra, aunque no tenía precisamente sed. Seguía con mi mirada los quehaceres de aquellas dos parejas, observando como se besaban entre ellas, entre ellos, entre ellas y ellos, y todos juntos a la vez. Impresionaba ver tanta compenetración entre tantos cuerpos, primero ellos masturbándolas a ellas, luego penetrándolas con fiereza, después uno penetrando al otro mientras ellas se esforzaban en lamer la verga disponible, juntando y acompasando sus lenguas mientras la recorrían incesantemente de arriba a abajo. Cambiaron de nuevo sus posiciones colocándose ellas una frente a la otra y en el momento en que las dos estaban empaladas de nuevo, empezaron a moverse acompasadamente, subiendo poco a poco la velocidad, sin prisa. Mientras ellos entraban y salían de los cálidos y húmedos sexos de ellas no dejaban de besarse, acariciarse, tocarse y lamerse.
Tal como íbamos, no iba a ser un remanso de paz la parte restante de la tercera cama, aunque aquella pareja, donde ella yacía acostada con la cadera levantada para mejorar la entrada a sus entrañas a su amante (el cual se esforzaba ansiósamente por lograr la entrada una y otra vez, apoyado con sus brazos a los lados de la cabeza de ella) fue lo más tranquilo que me encontré en aquél lugar.
Llegué al jacuzzi derecho y miré dentro, con mi mano derecha toqué el agua descubriendo que estaba templada, fría si la comparamos con el ambiente tórrido de la habitación y me llevé esa sensación a mi nuca, sentí como el agua recorría mi columna bajando hasta mis nalgas, y observé más detenidamente que ocurría dentro una vez refrescado.
Pese al gran tamaño del jacuzzi solo había cinco personas dentro: una pareja contemplaba tranquilamente la escena que tenían delante, por la posición de los brazos supuse que masturbándose el uno al otro, si bien las burbujas no me dejaban ver de manera precisa que sucedía bajo el agua. Opté por seguir la línea que trazaban sus miradas hacia el otro lado del jacuzzi: por encima del agua y sentado en la madera, un hombre de tez muy blanca y pelo claro, esperaba como una mujer de piel oscura y pelo negro como el carbón se sentaba sobre él, colocando a la entrada de su carnosa vagina el blanco pene enfundado en un condón. Se cercioró de su colocación y suavemente se introdujo el miembro mientras ambos dos suspiraban suavemente. Ella siguió buscando una mejor posición hasta que empezó a moverse más y más rápido mientras él se llevaba a su boca uno de los oscuros pezones de la mujer. Tan obcecado me había quedado viendo aquella fusión de colores opuestos que me sorprendí al ver una mano más en aquel oscuro cuerpo femenino. Me dí cuenta entonces de que me faltaba una persona en aquel jacuzzi, y observé como otro hombre (el cual había estado ocupado enfundándose su miembro en plástico) bajaba su mano acariciando la espalda color ébano. Llegó a las caderas que subían y bajaban incansablemente hasta que sintieron el cálido tacto de los dedos de su otro acompañante en la entrada de su ano, y como si hubiera sido apretado un botón, bajaron su ritmo inmediatamente. Los dos amantes se recostaron más hacía la pared de la sala, lo que me permitía a mi una mejor visión de aquel oscuro culo, de aquel blanco miembro urgando la profundidad oscura y, por supuesto, de la maniobra que se iba a efectuar a continuación. Con la otra mano, el recién llegado frotó suavemente con líquido la entrada trasera de ella, introduciendo suavemente un dedo y luego otro, esperando pacientemente a la relajación del esfinter de ella. Una vez bien lubricado todo, cogió su enfundado miembro, que relucía a través del plástico lubricado y lentamente lo introdujo dentro de ella, la cual se apoyaba con las manos en la pared dejándose hacer y deleitándose mientras la penetraban doblemente. Estos suaves comienzos, seguidos por los movimientos acompasados de los dos caballeros, dieron paso en breve a movimientos más rápidos, forzados, animales. Podía desde mi posición oír los jadeos de aquella oscura diosa sometida a la potencia fálica de aquellos dos hombres que la penetraban sin compasión, duramente, siguiendo las exigencias que ella dejaba escapar entre jadeos al pie de la letra.
Solo la mitad, y mi show ni siquiera estaba cerca de empezar.