Güeyos que nortien, deos que escribayen

Memorias de un gigoló: capítulo 18

Multitud (izquierda)

El calor de aquella orgía y los gemidos que conseguían camuflar la música del local provocaban en mi cabeza una sensación más embriagadora que el alcohol. Llegaba a la parte donde se encontraba la barra con bebidas, obviamente la gran olvidada de la sala. Al acercarme cogí una cerveza que rápidamente me llevé a la nuca, intentando calmar el calor que se apoderaba de mí y no me permitía concentrarme en todo lo que tenía alrededor y confundía todos mis sentidos. Cuando el cristal ya estaba caliente, abrí el recipiente y bebí un gran trago. Sentí como el rubio líquido me bajaba por el esófago, dejándome un gusto extraño, pero me enfriaba y me permitía recobrar mis sentidos. Engullí todo el contenido casi de un trago, sin pensar ni mirar en todo lo que tenía alrededor.

Observé una puerta cerca de mi oculta por la penumbra, tiré mi botella ya vacía y cogí otras dos de la nevera para luego entrar por aquella puerta, pasando a los aseos anexos a la sala. Al mirar al frente me encontré a mi mismo reflejado en un espejo, desnudo, sin mi toalla (la cual no volvería a ver más) y con dos cervezas en mi mano.

Abrí el grifo y dejando las cervezas al lado del lavabo, con mis dos manos capturé agua y me la lancé por la cara, dejando que recorriera mi cuerpo en su camino descendente. Abrí otra cerveza, di otro trago, y volví a echarme agua. Así repetí la operación varias veces hasta que solo me quedaba media cerveza en la mano, mi corazón (y mi erección) se habían calmado y me sentía más despierto, menos perdido, y sorprendentemente, menos borracho, al mirar la botella que sostenía, me di cuenta de lo que pasaba, en la etiqueta rezaba en letras grandes: “Cerveza sin alcohol”.

Me reí estúpidamente mientras me alegraba de mi inconsciente decisión, ya que la casualidad me había permitido relajarme un poco y darme cuenta de la situación que instantes antes me había sobrepasado. Como a un inocente adolescente me había desbordado el aroma a sexo y lujuria de la habitación de al lado, ¡a mi que me dedicaba exactamente a fomentarlo! Me juré que dejaría el alcohol (promesa que siempre incumplo) y me dirigí a uno de los cubículos, abrí la puerta, entré y me dispuse a vaciar mi vejiga.

Justo acababa cuando escuché la puerta de los aseos cerrarse y unos rápidos pasos corrían cerrando las puertas de todos los excusados, menos la mía, que obviamente estaba ya cerrada. Me giraba e iba a salir cuando, a la vez que la puerta del compartimento a mi lado izquierdo se cerraba, se escuchaba una voz desde la puerta principal que preguntaba simplemente “¿donde estás?” la voz femenina me sorprendió y anhelante de saber que iba a pasar me quedé quieto donde estaba. Un par de puertas se abrieron emitiendo un pequeño chirrido al girar sobre las bisagras, hasta que de repente, fue la puerta que tenía enfrente la que se abrió.

Una mujer, de unos treinta años apareció delante de mi, bajita, rubia, de ojos oscuros, con unos hermosos pechos coronados por otros hermosos pezones y ancha cadera apareció ante mi vista, nuestras miradas se cruzaron sorprendidas, ya que ninguno se esperaba encontrar al otro, por lo menos en ese momento. Pasaron unos segundos cuando sentí que algo me rozaba mi pierna izquierda dándome suaves golpecitos, mientras bajaba la mirada vi como ella sonreía intentando no emitir ruido en una carcajada, temí lo que iba a ver tocándome, bajé la mirada y allí estaba: por un agujero estratégicamente colocado (desde luego estos tíos habían pensado en todo) aparecía una polla enhiesta preparada para su uso que me miraba desafiante. Al verla me aparté colocándome enfrente de ella mirándola entre asustado y sorprendido. A estas alturas la mujer de la puerta se encontraba ya muy cercana a mi, la seguí con la mirada mientras con sus manos acariciaba cariñosamente el improvisado saliente y a mi me apretaba con su trasero en la pared, situándose de espaldas a mi, sin soltar lo que tenía entre manos y colocando mi por aquel momento flácido pene en sus nalgas.

Ella se giró, colocando el mimado miembro que mantenía en sus manos a la entrada de su vagina, sin introducirselo, tan solo acariciando su mojada entrada, apoyó sus manos a mi alrededor y me besó el pecho. Coloqué mis manos en sus hombros empujándola levemente hacia atrás y bajé mi cabeza para conseguir besarla en la boca, intuyéndome ella me siguió y mientras nuestras lenguas jugaban húmedas en nuestras bocas, ella acariciaba mis testículos lo que me producía una electrizante sensación de placer y que la sangre fluyera por mi circuito hidráulico con rápidez. Dejé de besarla y al acercarme a su oído le dije: “te veo luego, ahora estás ocupada con otro y soy muuuy celoso…” mientras ella sonreía por mi comentario nos despedimos con una mirada cómplice. Cambiaba ella su posición en el cubículo mientras la puerta se cerraba ocultándome la acción que ocurría en su interior.

Regresé a la sala ocre, ya con un estado etílico mucho más razonable y preparado para participar en la fiesta que allí se había organizado. Giré a mi derecha para ver el lado izquierdo de la sala, al cuál todavía no le había prestado atención: En el jacuzzi dos parejas se encontraban una enfrente de la otra, mirándose detalladamente, observándose y deleitándose con el momento. Ellos se encontraban sentados en el asiento del jacuzzi, con el agua burbujeante llegando a la mitad de sus costillas y ellas justo encima, de espaldas a sus amantes, para observarse mutuamente los cuatro. Su ritmo era cadencioso, lento, ocupándose exactamente de controlar los movimientos, sintiéndose los unos a los otros muy dentro, sin prisa, y sin perder de vista a la pareja enfrentada a ellos. Ni se tocaban ni se intercambiaban, tan solo se observaban en un silencio solo interrumpido con algún gemido de placer.

Había dos personas más en perpendicular a las parejas, lo más alejados posible a ellas. Ella se encontraba fuera del agua, sentada en la madera del jacuzzi, apoyada en sus codos, con las piernas abiertas de par en par y los pies colocados justo en el borde. Él se encontraba besando lentamente la parte interior de los muslos de ella, acercándose sin prisa a su objetivo, haciéndola sufrir mientras en su cara la joven mostraba como esperaba ansiósamente que é llegara hasta su fijado destino. Me fijé en la oscuridad y reconocí a mi compañero de correrías como el responsable de la creciente necesidad que se producía en aquella mujer. Ninguno de los dos había elegido mal, ella era una delgada belleza de generosos pechos y cuerpo moreno, nada estaba fuera de armonía en todo su ser, lo cual aumentaba su belleza con lo que la vista se sentía agradecida por ello. Y él, pues bueno, se puede decir que tenía idea de lo que hacía.

Acercó mi colega su lengua lentamente y presionó la entrada al cuerpo de su compañera, este contacto provocó un pequeño suspiro en ella. Subió lentamente hasta encontrar su clítoris, lo rodeó con la lengua levantando la pequeña piel alrededor de él y volvió a lamer suavemente capturándolo con sus labios. Lo acarició con sus dientes suavemente y volvió a bajar a sentir el tacto de los labios de su compañera. Vi como las manos mi compadre bajaban por los muslos de aquella entregada mujer que se acariciaba suavemente con una mano el pecho, y con la otra sujetaba la cabeza de mi compañero de profesión cuando decidí retomar mi recorrido por el lugar.

De nuevo empezaban las camas, en la primera de todas descansaba apoyado un hombre entrado en años, con una copa en su mano derecha y la cabeza de una joven entre sus piernas. Recorriendo el cuerpo de ésta había otro individuo análogo al anterior que se afanaba por penetrar fuertemente a la joven. Viendo la escena no era difícil averiguar que los dos hombres habían dejado un buen fajo por los servicios de la joven, y hay que reconocer que ella se esforzaba por ganarse el sueldo (os prometo que sé de lo que hablo).

En total oposición a ellos se encontraba a su lado otro trío. Los papeles se tornaban y era ella la que había visto muchos más días que sus acompañantes. Las arrugas de la piel de ella y su flácido cuerpo mostraban muchas primaveras pasadas y olvidadas, sin embargo los cuerpos estilizados de ellos, delgados, fibrosos, morenos y tersos, un muestrario vivo de los músculos del cuerpo y sus posibles movimientos dejaban claro que entre los dos no sumaban la experiencia de su acompañante. Reconozco que una paternal sonrisa se esbozó en mi boca al ver a las nuevas generaciones esforzarse en cumplir nuestro laborioso cometido. Profesaban mil caricias al cuerpo de su clienta que provocaban el confort necesario para la situación, recorrían todo el cuerpo de ella, obligándola al placentero trabajo de guiar sus besos, por su pecho, su boca, su estómago, sus piernas y su sexo. Suaves, cariñosos, sensibles y cuidando en todo momento el lugar, duración y suavidad de las caricias y de los besos que ofrecían. Parece que el futuro de mi profesión estaba salvado.

Toda la pequeña calma que había en estas camas se esfumaba al llegar a la intersección con la última de todas. Haciendo una demostración encomiable de fuerza, ella apoyaba su espalda en la pared con la cadera levemente adelantada rodeando la cadera de su compañero con sus piernas. Encajado entre ellas se encontraba él acompasando su cuerpo con el de ella para seguir disfrutando de su sesión física extenuante. Aquellos dos cuerpos en pie asombraban a quién les viera por el derroche de potencia y fuerza, mantenían un sexo animal y duro acorde a la tensión de sus cuerpos y al nivel de sus gritos. Llegué ya al final de la última cama donde dos parejas dubitativas se miraban los cuerpos desnudos y al resto de la habitación, sentados inocentemente temerosos de dar rienda suelta a sus instintos pero ansiosos por hacerlo.

Al volver a ver la puerta por la que antes había entrado, observé que allí había dos hermosas mujeres, no tan jóvenes como intentaba simular pero físicamente impolutas, miré hacia ellas, permanecían de pie, con la toalla que todos recibíamos cubriendo la piel que va desde el pecho hasta la cadera. Mientras me acercaba hacía ellas, giraron sus ojos hacia mi mirando mi cuerpo desnudo moldeado por sesiones interminables de gimnasio y húmedo por la mezcla de sudor y la improvisada ducha en el baño. Vi en sus ojos el brillo de la lujuria contagiada por nuestro entorno y me coloqué entre ellas dándome la vuelta para situarme en la misma posición que ellas, bajé mis manos por sus espaldas y al llegar debajo de sus nalgas cogí las toallas, tiré de ellas desnudándolas dejando caer las improvisadas prendas, apreté mis manos en su piel y me dirigí con ellas a un sitio libre en las camas.

Se acabó el calentamiento, empieza el show… mi show.

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