Güeyos que nortien, deos que escribayen

Historias corticas IV: Pensamientos masculinos.

Allí me encontraba yo tarareando tranquilamente, esa canción que me rondaba aquellos días por la cabeza, pero que no conseguía identificar: “tuuu tu ruru ruu… mmm… yu wachuuu nooouu… mierda, esto sería más fácil si supiera inglés…” me lamentaba levemente. Mi estado de ánimo estaba en aquellos momentos en un punto bastante álgido, y si no, simplemente con un suave giro de mi cabeza hacía mi lado izquierdo, me permitiría volver a subir mi siempre cuidado ego unos puntos más.

Morena, ojos color miel y curvas de infarto recorridas una y otra vez mediante el tacto de mis dedos y de mis labios, cuidándome de regodearme cada vez que descubría (o redescubría) un nuevo centímetro cuadrado de piel. Con este pensamiento centrando mi sinapsis cerebral, solo podía hacer una cosa: volver a mirarla. Ahí seguía, evidentemente, respirando lenta y cadenciosamente, o lo que es lo mismo, moviendo sus pechos hacia arriba y hacia abajo, dejándome gentilmente ver una vez más sus atractivos pezones que siempre, sin ninguna opción a la excepción, me apetecía besar.

Pero no lo haré ahora” pensé, “la dejaré dormir un rato más”. Allí sentado en aquella, antes desconocida cama me hallaba tranquilamente feliz, hasta que se me ocurrió quizás la peor idea que podía tener, ponerme a pensar:

Veamos, son ya… 2, 3… 15… vale, son ya 3 meses y 21 días con ella, o bueno… viéndonos asiduamente, ya que en teoría, nunca hemos hablado de ningún compromiso… aunque… vamos, tampoco voy a engañarme, ¡anda si no conoceré yo a las mujeres! Ayyy, animalillos, si es que, así pensado, ¡que no sabré yo!”

Así ahora recordando, recuerdo aquella chica… si, como se llamaba… bueno no me acuerdo, mi primer amor diría yo, que tiempos aquellos, yo tan joven y ella tan guapa. Aquella vez que hablé con ella 10 minutos y bueno, pasar, así recordando, no pasó nada, pero cielos, que se veía que allí había algo que no nos decíamos, porque a ellas les gusta la sutileza, pero muy ciego había que estar para no verlo, si es que estaba al caer. Raro fue eso sí, cuando se lió con aquel tipo a menos de 2 metros de mí…”

Aún así, ¿a quién no le han pasado estas cosas en la juventud? Un día una, otro día otra, si es que, así por ejemplo, aquella rubia a la que seduje tan hábilmente en aquella fiesta de… universidad creo. La verdad que nunca entendí por qué desagradaba tanto a mis colegas, quizás deba admitir que no era la chica más guapa, y desde luego, no la más serena etílicamente. Aún así, aquella fue la noche de mi estreno en las artes amatorias y tampoco fue tan mal, no tanto con el primer condón con el que casi me ahorco (aún no entiendo como) ni con el segundo, el cual me intenté colocar al revés (tampoco entiendo como) pero bueno, ¿a quién no se le ha puesto tonto un preservativo en un estado levemente alcohólico y altamente nervioso? De hecho, aunque nunca la volví a ver puesto que nunca se dignó a devolverme las llamadas, yo creo que para ser mi primera vez, fue suficientemente satisfactoria para ambos… creo.”

Alcé mi mirada hacia la lámpara del techo, aquella pequeña habitación estaba coronada por una lámpara de color azul en forma de cono en cuyo interior se alojaba la bombilla. Si bien estaban todas las luces apagadas, desde la ventana de mi derecha entraban por las rendijas de la persiana los rayos del sol que hacía rato que se encontraba irradiando su calor a la ciudad que se encontraba fuera. Recorriendo con mis ojos la estancia, nada en especial: un pequeño espejo en la pared de enfrente con un tocador donde había mil y una cosas que no entendía para que servían y varios miles de complementos, algunos que tampoco podía yo imaginar donde podrían ir colocados.”

El suelo estaba decorado con nuestras ropas haciendo de alfombras, ya que la llegada a casa había sido, como decirlo: pasional. Al lado del tocador un armario con cajas en su parte superior y a mi lado una pequeña estantería de, aproximadamente un metro de altura, totalmente de plástico azul, haciendo juego con la lámpara, pero en total contraste con el resto de muebles de color marrón pálido, aunque seguía la tónica de la escasez en la calidad de los materiales. “Bueno” pensaba “tampoco está tan mal, podría pasarme unos días por aquí” analizaba. Me escurrí un poco entre las sábanas de color blanco ya amarillento por los indefinidos lavados por los que habrían pasado… o eso esperaba yo.

Sentí que ella se movía y me rozaba la pierna para volver a apartarla rápidamente, evalué si ya estaba despierta, pero no obtuve respuesta satisfactoria, ya que más que en brazos de Morfeo, parecía raptada por él, dormía totalmente como un tronco. Se me ocurrió la idea de despertarla con unas caricias por su espalda, aunque luego al replanteármelo empecé desde su nalga derecha. Pasé delicadamente mis manos desde la parte derecha de sus posaderas, y después de unos segundos, subí mis dedos siguiendo el camino que me mostraba su columna para acabar en su nuca, su respuesta no se hizo esperar: emitió un pequeño ronquido.

Repasando la situación: me empezaba a aburrir y la idea del sexo mañanero golpeaba fuertemente mis sentidos, pero necesitaba la colaboración de una bella durmiente que no parecía tener los mismos anhelos que yo. Así que, dada la situación que se me presentaba adversa, cambié mis deseos carnales por la abstracción mental de mis recuerdos de las interacciones vividas con los miembros del sexo opuesto, llegando así a mi segundo error de la mañana y en menos de 5 minutos.

Veamos, quien más está, ah ¡como me iba a olvidar de ella! De hecho, el recuerdo no es especialmente bueno, he de reconocerme, que también he tenido mis fallos. Aun así ¿bajo los efectos de que extraña conjunción de licores estaría yo para que una persona cambiara tanto de la noche a la mañana? ¿realmente es posible que el maquillaje cambie tanto a las personas? ¿cómo coño podía ser tan guapa por la noche y tan fea por la mañana? Gracias al cielo de que no me ha pasado ninguna vez más… bueno, si me ha pasado, dos… quizás tres… bueno, dejémoslo en cinco para no quedarnos cortos. Lo que es extraño, es no saber por cuál misteriosa razón nunca me ha pasado al revés…”

Pero bueno, ahora está ella, y la tengo aquí al lado, en una cama calentita. Aunque más calentita y húmeda (sobre todo esto) estaba ayer por la noche. ¡Cielos, que noche! Llegamos a su casa completamente borrachos (otra vez) y ya en el ascensor empezaba a volar los botones de nuestras ropas, cuando llegamos al cuarto, su piso, podía besar ya su canalillo y la parte superior de sus pechos ya liberados de la camisa que los protegía. Las puertas del ascensor se abrieron y salimos besándonos en dirección a su puerta, mientras ella rebuscaba sus llaves entre la ingente cantidad de cosas que tenía en el minúsculo bolso yo la acariciaba desde atrás, rozando con mis manos sus pechos, metiendo mi mano por debajo del sostén, levantándoselo y dejando sus senos al aire para poder acariciar sus pezones. Me apoyaba fuertemente contra sus culo para que sintiera mi… excitación y yo podía sentir sus gemidos. La entrada a su casa básicamente desató el huracán que se había estado gestando en el descansillo de su puerta: La ropa arrancada a tirones a suelo y una sinfonía de mordiscos, jadeos, besos, gemidos que llenaban la habitación, nuestros cuerpos juntos, sintiéndonos cálidos, sudorosos, húmedos y excitados en cada momento hasta que el clímax llega a su máximo exponente y después de esa fracción de segundo en la que perdemos la conciencia, nos caemos uno sobre el otro en la cama derrotados por el cansancio.”

Y así durmiendo hasta ahorita, el domingo perfecto para un fin de semana perfecto. Realmente, hay que reconocer que no se está mal saliendo con ella ¡anda! ¡si incluso yo mismo lo digo ya!”

- Ooaaaahhh – bostezaba ella – buenos díaaas – conseguía decir mientras estiraba su cuerpo desnudo.

- Buenos días, cariño – dije sonriendo a la vez que me abalanzaba sobre ella para darle un beso en sus labios.

Aquí reconozco que empezaron a fallar las cosas, ya que al acercarme a ella, empezó a alejarse mientras me miraba con una cara ciertamente extraña, mitad de asombro, mitad de algo que yo reconocí como miedo.

- ¿Cariño? – preguntó sin cambiar su expresión.

- Si, ¿qué pasa? las parejas suelen decirse cosas bonitas, al despertar también – respondí decididamente

- Cierto, pero… tu y yo… quiero decir… tu y yo ¿desde cuándo estamos saliendo? – preguntaba ahora ya con otra expresión, esta mediaba entre la extrañeza anterior y ciertos toques de mala leche.

- Anda, ¿qué me vas a decir que no quieres?, que se te nota en la mirada que vives enamorada tontona – le toqué con mi índice la nariz, riéndome yo solo de mi altamente absurdo chiste – que a ver – comencé a explicar – soy el primero en reconocer que al principio no quería pero bueno, una vez ya pensado fríamente, pues que te puedo hacer ese favor –y sonreí.

- ¿Ese favor? Ya… – desvió su mirada un momento, y en esas décimas de milisegundo en mi mente me vino una imagen en la que yo me encontraba en una sala, solo tapado con mis bóxer, todo oscuro alrededor menos mi silueta y un tremendo bidón con hectolitros de mierda cayendo sobre mí. Creo que esta fue la metáfora que mi mente envió para mostrarme la gran cagada que acababa de cometer – pues me vas a hacer otro favor, y te vas a cerrar la puerta por fuera, y casi que no la vuelvas a intentar abrir…

- Upss…

Epílogo.

Supongo que no creeríais que me iba a ir sin guerrear, valientemente, y justo en el momento en el que cerraba la puerta de la calle dije con voz clara: “que sepas que me voy, pero porque yo quiero y sé que lo nuestro no funcionaria”.

Sé que me oyó, entre otras cosas, porque todavía dio tiempo a que se oyera un “imbécil” mientras la puerta golpeaba con su marco.

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